martes, 26 de julio de 2016

Vicente Aleixandre en la gravedad del limbo


Esas risas, esos otros cuchillos, esa delicadísima penumbra...

  Vicente Aleixandre

 
El surrealismo entró en España casi clandestinamente. Un primer intento fue el del grupo que se aglutinaba en torno a la revista Litoral, fundada en Málaga, en 1926, y de cuyos integrantes se destacan Emilio Pradós, Manuel Altolaguirre y José María Hinojosa. Este grupo no dejaba de ser marginal, tanto o más de lo que Málaga lo era respecto del resto de la península. Tuvieron que pasar algunos años hasta que, en 1930, la Facción Surrealista de Tenerife realmente encarnara una ortodoxia. La Generación del 27, en cambio, con su reivindicación de Góngora y su osadía metafórica, con su justo equilibrio entre la tradición y las nuevas experiencias estilísticas, entre «la aventura y el orden», fue mucho más decisiva a la hora de importar el surrealismo a una ya condenada tierra de conejos y de toros.

Cuando la Generación del 27 irrumpe en el escenario intelectual, los nombres más representativos del ámbito poético siguen siendo los mismos encumbrados de la generación anterior: los Machado, Juan Ramón Jiménez, etc. El hecho de que esta generación neogongorina haya sabido ver en su homenajeado tanto a un precursor de la poesía pura como a un alocado hombre de rupturas, sentó las bases de una nueva crítica, una crítica dialógica y valiente por moderna, por visionaria. Los poetas puros de esta generación (Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Pedro Salinas), catedráticos todos ellos, respondían a la estética instaurada por Valéry, por lo tanto, a un interés intelectual por sobre el mero goce estético; los impuros (Alberti, Lorca, Aleixandre) hacían lo que podían, y podían mucho.

Podemos decir que el surrealismo logra entrar en España con una considerable aceptación recién a partir de ciertas publicaciones de los miembros de la Generación del 27. Si bien, como dijimos más arriba, los poetas los impuros no atenderían el influjo de la poesía academicista, tampoco contrarían nupcias con ninguna estética de vanguardia, al menos, no de manera directa y declarada. Es así como se pueden señalar Sobre los ángeles de Rafael Alberti o Poeta en Nueva York como hitos aislados del surrealismo español, aislados porque estos títulos lo estaban también en relación con el resto de la producción de los poetas mencionados. Distinto es el caso de Vicente Aleixandre quien, salvo su primer libro Ámbito, siguió un mismo sendero de creación, sendero, digamos, de claros ribetes surrealistas.

Aleixandre solía negar el rótulo de surrealista para él y su obra, alegando que nunca había practicado la escritura automática, pero quién puede asegurar que los textos del surrealismo francés realmente estaban construidos sobre la base de esa técnica fortuita, apenas si experimental. Aleixandre, al igual que el Neruda de Residencia en la tierra, toma del surrealismo no tanto su ortodoxia, sino, en el mejor de los casos, su sintaxis, aquello que desalambica el verso, dándole una libertad hasta ese momento precariamente vislumbrada.

Hay en Aleixandre una creatividad imaginativa admirable, un uso de la metáfora rítmica y la cadencia que lo entroncan aún con el Rubén Darío modernista. Pero hay también ciertas marcas registradas que quedarán como legado para los poetas venideros: la disyunción arbitraria y el superlativo. He aquí unos ejemplos:


Te penetro callando mientras grito o desgarro
 mientras mis alaridos hacen música o sueño,
 porque beso murallas, las que nunca tendrán ojos,
 y beso esa yema fácil sensible como la pluma.

 
En el fragmento anterior, perteneciente al poema «El más bello amor», incluido en el libro Espadas como labios, vemos como se da en los primeros dos versos un paralelismo rematado por una disyunción arbitraria. Toda disyunción supone una elección, no necesariamente entre contrarios, basta con que sea entre elementos cotejables (es esto o aquello). La disyunción propuesta por Aleixandre no lo es tanto al fin y al cabo, ya que anula toda posibilidad de elección cotejando piezas incontrastables: «grito o desgarro»; «música o sueño». El concepto de libertad burguesa está basado en la capacidad de elegir (habría que cuestionarse siempre entre qué opciones); para Aleixandre, en un estadío superior, en el que todo balance se dirime por añadidura, ya que no se puede preguntar qué cosmos hay que habitar, tan sólo hay que habitarlo.

Ahora prestémosle atención a estos versos:

 
La muerte es el silencio entre el polvo, entre la memoria,
es agitar torvamente una lengua no de hombre,
es sentir que la sal se cuaja en las venas
fríamente como un árbol blanquísimo en un pez.

 

Y a estos:


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

 
Pues bien, en estas dos estofas, pertenecientes respectivamente a los poemas «Mar en la tierra» y «Se querían», ambos incluidos en La destrucción o el amor, se ve que el superlativo cumple una doble función: la conceptual y la prosódica. Todo superlativo aspira a lo absoluto, entonces, decir: «un árbol blanquísimo» no será lo mismo que asignarle a un objeto cualquiera un color, estamos hablando de lo más blanco posible, de lo absolutamente blanco. La expresión «un mar altísimo y joven» supone, además, una imagen y una prosopopeya. Lo prosódico está presente en las sílabas que agrega todo superlativo al adjetivo que de algún modo lo origina, brindándole al verso su justa métrica y final sonoridad.

Aleixandre fue un poeta cósmico, quizás eso lo hacía surrealista. Y alguien en comunión  con el cosmos, alguien así de panteísta, alguien que pudiendo cantarle al mar, prefiere ser el mar y sus requiebros, es un poeta. Aleixandre se recluye, enfermo como estaba, en un exilio interior ni bien la guerra del 36 estalla. Su generación, dividida y disipada, le perderá el rastro por un tiempo. En honor a todos los miembros que la hicieron, le otorgaron el premio Nobel de literatura en 1977; en honor a todos los que soñamos todavía, Vicente Aleixandre nos entregó su obra para siempre.



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