martes, 4 de octubre de 2016

Roque Dalton en su roja tinta


La angustia existe sí.

Como la desesperanza
el crimen o el odio.

¿Para quién deberá ser la voz del poeta?

Roque Dalton



El Salvador tuvo su mártir. Pienso que habrá tenido muchos en verdad, pero no todos poetas y, de haberlo sido, no todos como Roque Dalton. Es precisamente al poeta Roque Dalton al que quiero destacar, de ser posible, subrayando menos los episodios político-revolucionarios de su tiempo que las bondades de su obra escrita. Dalton ingresó, siendo muy joven, en el partido comunista salvadoreño, sufrió persecuciones y cárceles con frecuencia, vivió exiliado en Guatemala, México, Checoslovaquia y finalmente en Cuba. Al regresar a su país, en 1975, Dalton fue asesinado por un ala extremista del Frente Revolucionario del Pueblo (agrupación a la que pertenecía) bajo la acusación de colaboracionismo. La militancia es una enfermedad que sólo se cura a pura bala. Y esto, estimado lector, no es un comentario reaccionario, sino más bien una ironía, por más que la ironía reaccione siempre ante las biempensantes, aunque fingidas, manifestaciones del progreso, ese monstruo bíblico que ruge.

 
Como dije más arriba, no se hablará aquí de la turbulenta biografía del escritor, sino de su poesía. Es que fue su poesía la que terminó matándolo; fue ésta la que lo mostró distinto frente al resto de sus compañeros de lucha. Pese a su filiación política, Dalton tenía una amplitud de conceptos envidiable, vastísima cultura que, desafortunadamente, como toda cultura, provenía de la burguesía. Dalton se daba el gusto de citar, como epígrafes a sus textos, a Yeats, Michaux o Borges (sí, Borges), cuando no le dedicaba enteramente el poema de turno a un Breton o a un Truffaut.

 
La poesía de Dalton era básicamente polifónica, en el sentido que le da Bajtín a la expresión; su poesía buscaba, muchas veces, la esencia poética de las palabras en su estado natural, virginal, desinteresadamente enunciativo. Así es como muchos de sus poemas son transcripciones de diálogos que quedarán legitimados por el título propuesto por este recolector de frases sueltas, como es el caso de «Los derechos humanos», recogido textualmente de una terrible conferencia. La técnica del collage, de cuño vanguardista, fue una de sus favoritas; digamos que hay en Dalton un poeta de recursos variados, pero seguro en su percepción lúdica del mundo. Ver a la realidad como un juego no iba en contra de su adhesión a la causa revolucionaria, sino que, en todo caso, le permitía burlarse de las múltiples ridiculeces del medio conservador en el que se movía. Poemas como «Los burócratas», «Lo que me dijo un anarquista adolescente» o «El arte de morir» serían un ejemplo perfecto. Pero también hay en Dalton un lírico profundo, de un lirismo a tono con los rasgos vanguardistas que le hemos detectado. Es el Dalton de «Poema jubiloso», de «Atado al mar» o de «Lo que me dijo un loco».

 
A Dalton lo mató su poesía, el ser poeta, su heterodoxia que, convengamos, es el más claro signo de libertad que se conoce. A Dalton lo mató la poesía, por ser ésta una hembra atormentada por los celos, por darle un placer o una ilusión de placer más fuerte que el volcán que, en ese tiempo de lava y de metrallas, también lo seducía. Por eso es por lo que recordar a este poeta en estos días es recordar también la deuda que tiene América Latina con todas sus voces silenciadas, con lo que hoy empieza a levantarse desde el humus gris de la memoria, con la sed de justicia que nos viene secando las gargantas. Recordar a este poeta en estos días  es recordar también que la democracia no será más que un fantasma inofensivo mientras existan hombres que puedan diezmar impunemente la fortaleza emancipatoria de los otros; apenas un cómplice siniestro, mientras los poderes massmediáticos anulen la legítima voluntad ética y estética del pueblo. Pero, por sobre todas las cosas, recordarlo (recordarlo, ahora sí, como mártir de la absurdidad del mundo) implica admitir que la maldad absoluta es lo mismo que la bondad absoluta, ya que todos los absolutos se igualan, al final, en un mismo crudo y oprobioso desconcierto.
 

Como prueba de sus propias pugnas por conciliar lo inconciliable, este fragmento:

Cumple ahora con tu deber de conciencia
(sería igual a decir «tus obsesiones»),
di que pensar en el comunismo bajo la ducha es sano
—Y, en el trópico, al menos refrescante—.
O sentencia con toda la barba de tu juventud:
Si el partido tuviera sentido del humor
Te juro que desde mañana
Me dedicaba a besar todos los ataúdes posibles
Y a poner en su punto las coronas de espinas.

PERO ESO ES CONFUNDIR EL PARTIDO CON ANDRÉ BRETON

Pero ¿y la ternura?


La ternura no basta, Roque, no basta.

 
A continuación, algunos poemas de su autoría:[1]

 

HORA DE LA CENIZA


Finaliza septiembre. Es hora de decirte
lo difícil que ha sido no morir.
Por ejemplo, esta tarde
tengo en las manos grises
libros hermosos que no entiendo,
no podría cantar aunque ha cesado ya la lluvia
y me cae sin motivo el recuerdo
del primer perro a quien amé cuando niño.

Desde ayer que te fuiste

hay humedad y frío hasta en la música.
Cuando yo muera,
sólo recordarán mi júbilo matutino y palpable,
mi bandera sin derecho a cansarse,
la concreta verdad que repartí desde el fuego,
el puño que hice unánime
con el clamor de piedra que eligió la esperanza.

Hace frío sin ti. Cuando yo muera,

cuando yo muera
dirán con buenas intenciones
que no supe llorar.
Ahora llueve de nuevo.
Nunca ha sido tan tarde a las siete menos cuarto
como hoy.

Siento unas ganas locas de reír

o de matarme.


POEMA JUBILOSO

(Homenaje a un poema de André Breton)

En mi patria hecha para probar catapultas y trampas
vive esa suerte de mujer que amo.

Ah cómo brota de la mañana tímida mi mujer
herida en su niñez por el mar menos pensado
por el mar platicador y soberbio que no depone la esperanza
contra ciertas virginidades caóticas.

Ah cómo surge mi mujer que conserva en un saquito
el corazón y una vértebra de sus padres moribundos
ah cómo luce mi mujer de poros voraces donde darse cita
en ciertas tardes incendiadas por los flamboyanes del tedio
ah cómo sirve mi mujer guerrera y acechada
poblada de húmedas culebras
que alivian a las grandes bestias polvorientas
ah cómo compromete mi mujer que vive sin avisarme
que se gana el pan con el rubor de la gente
directora de grandes llamas esclava
de maestros enclenques que huyeron desesperados
al conocer la preñez de mi madre.

Mi mujer es la más gloriosa retórica de esta patria
donde no morirá jamás Balzac o Copérnico
ni los comunistas estrangulados ostentarán sus descomposiciones
en los escaparates por el incendio del Reichstag
mi mujer es la conversación de los peces bajo la luna
el fervor de quien pintó las manchas del leopardo
los sabores del pan armado de pregones
la prohibición de una nueva ley contra los crepúsculos.

Sus ojos inundados de eficacia
estimulan el llanto de los doce mejores candelabros del mundo
pues entre olas pétreas entre orquestaciones
de caracoles penosamente edificados
ha puesto a descansar sus espumas de pena.

Su sangre bella y brutal sólo está limitada por los halcones
por ciertas grietas en el sonido de los dados rojos
y por los pistilos de la azucena horadando las partituras del ciego.
Sus enfermedades son cuadros de jóvenes pintores franceses
estacionados en la decadencia del mirto
en las aleluyas de la cábala
o en la ternura final de los asesinados junto a un río de yeso.

Sus cabellos son firmes bailarines de oro quemándose
hilos fundamentales del mediodía robados por el huracán
incendios sorprendidos
truncados por el pudor en el fondo de la memoria.

Su cuerpo es todas las cosas.

Mi mujer se llama Ximena o conejito celeste o simplemente muchacha
y la conocí hace cinco minutos.


LO QUE ME DIJO UN LOCO

Me contaste que tu padre era un pequeño mar.

Que los ángeles son unos estupidillos
pero por las noches hacen mucho daño con sus uñas de cola de cometa.

Me contaste que en tu casa la lluvia naufraga
y tus hermanas castran furiosas los almendros.
Me contaste que los sedientos son la gran esperanza.

Que silbar en los parques es confesarse impotente
de recuperar el vino de las palabras que uno dice de niño.

Me contaste que la mujer gorda te era desconocida
y que por eso odiabas los gestos de su espalda.

Me contaste que era mejor no salir a la calle
porque a cierta edad es obtuso hacer víctimas.

Me contaste que hay algo que se llama luz
imposible de explicar con las manos.

Me contaste que los árboles no son los principales enemigos
y que no debería creer nada de lo que hablan
desde el otro lado de las rejas.


EL ARTE DE MORIR

 

EL OTRO.— Lo que usted quiere saber es, en cierto, modo, el arte de morir.
EL HOMBRE.— Al parecer es el único arte que hemos de aprender hoy.

Friedrich Dürrenmatt

 


Tómese una ametralladora de cualquier tipo
luego de ocho o más años de creer en la justicia
mátese durante las ceremonias conmemorativas
del primer grito
a los catorce jugadores borrachos que sin saber las reglas
han hecho del país un despreciable tablero de ajedrez
mátese al Embajador Americano
dejándole a posteriori un jazmín en uno de los agujeros de la frente
hiérase primero en las piernas al señor arzobispo
y hágasele blasfemar antes de rematarlo
dispérsense los poros de la piel de doce coroneles barrigudos
grítese un viva el pueblo límpido cuando los guardias tomen puntería
recuérdense los ojos de los niños
el nombre de la única que existe
respírese hondamente y sobre todo procúrese
que no se caiga el arma de las manos
cuando se venga el suelo velozmente hacia el rostro.



[1] Los poemas fueron extraídos de la antología poética La ternura no basta, publicada en 1973 por el Fondo editorial Casa de las Américas de Cuba.

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