miércoles, 4 de enero de 2017

Reflexiones en torno a «Exploración del amor», de Sandra López Paz


…esta corporeidad mortal y rosa
 donde el amor inventa su infinito.

Pedro Salinas

 

I

Con frecuencia la poesía —aérea, celeste criatura— intenta divulgarnos su secreto. Es como si, obedeciendo a un oscuro y amoroso impulso, se decidiera a desceñir los velos que esconden su rostro de la embelesada mirada de los hombres. Ahí es cuando descubrimos tanto la inefable melancolía que pueden encerrar algunos unos versos como la fatalidad que se cierne sobre todo aquello que carece de ternura. Sólo el poeta nos permite experimentar este delicado y extrañísimo prodigio, sólo en él reconocemos las resonancias y armonías de una estirpe ancestral de voz sutil, de modo que, al escucharlo, al leerlo, nos sentimos gozosamente reintegrados a la música del mundo, devueltos al número y la medida del origen. Huelga decir que esta clase de poetas no abunda (la Belleza siempre nos ha escamoteado sus acciones), sin embargo, Sandra López Paz pertenece a ese linaje, y Exploración del amor, su más reciente libro, es la prueba de la que me valgo para justificar estas palabras.

La obra que nos convoca busca restituirle a la poesía su carácter de realidad inexpresable, actualizando así la consabida atmósfera sagrada inherente a todo discurso que se precie de poético. Al mismo tiempo, reivindica la condición excepcional del poeta, quien, socorrido por una muy especial aptitud de percepción, logra llegar, tal como decía Bachelard,  hasta «los umbrales del ser». Pero por sobre todo (y esto salta a la vista desde el título), este libro se propone abordar de una manera distinta el tan manido tema del amor. Y digo «distinta» porque Sandra enfrenta el tópico a través de versos de métrica sucinta, impregnados de misterio, con algo del simbolismo sobrenatural de los místicos españoles, que luego retomarían nombres como Novalis, Keats y Rilke, su amado Rilke.

Esta doble preocupación, me refiero a la que le produce la poesía y el amor, no debe sorprendernos. Ya en su momento, un poeta que tiene el mismo apellido que nuestra homenajeada hizo el debido inventario en su libro La llama doble, por consiguiente, no viene al caso insistir en las vinculaciones ontológicas entre uno y otro tópico. Lo que sí es dable destacar es que Sandra conoce muy bien el terreno de «exploración» al que se adentra. Sabe, por ejemplo, tal como lo plantea en el poema «Desiderata», que, ante la ausencia del ser amado, «El mundo sucede / como siempre / en las alcobas / los gusanos / las paredes quebradas / las gredas discontinuas / el parque desterrado». Puede, además, atreverse a decirle a un Usted indefinido, tal como lo hace en «Efectos personales»,  «que la poesía / —un día— / golpeará su puerta / su garganta / elevará su jardín / a las estrellas / y al mismo tiempo / su manojo de firmezas / en angustia». Puede, también, como queda plasmado en el poema «Sortilegios», alcanzar una vaguedad descriptiva capaz de crear un modelo de imagen trascendente al ver que «Los retratos / despuntan, / en el humo añil / de los sahumerios, / su soliloquio / impreciso». Todo esto, claro está, al servicio de la «alquimia del verbo», aquello que postulaba Rimbaud con el objeto de transmutar la realidad ordinaria en pura luz del espíritu.

II

Para el poeta, la verdadera realidad con que se enfrenta es la realidad del lenguaje. Si para todo ser humano los límites de su mundo son los de su lenguaje, es obvio, que este hecho resulta más evidente en la experiencia del poeta. Éste no sólo sabe que lo que dice y la manera de decirlo son, en definitiva, una misma cosa, sino que sabe que el valor de lo que dice reside sobre todo en cómo lo dice. La pasión central que lo mueve pasa primero por el lenguaje. Esta pasión implica, lógicamente, el gusto o el placer por las palabras, pero se trata menos de un ejercicio de idolatría que uno de lucidez, un continuo debate entre la afirmación y la autocrítica.

En ese sentido, no es posible decir nada sin someterse a una sintaxis y a significaciones más o menos establecidas. Por ende, el poeta más lúcido será aquel que tenga conciencia de esa suerte de esclavitud y, por ello, trate de sobreponerse al lenguaje y dominarlo. De ese acto nace la obra.    

Sin embargo, es cierto también que la verdadera pasión es silenciosa. El silencio hace hablar al lenguaje y viceversa. En ambos casos, lo que importa es la intensidad de lo que se dice o se calla. El silencio, por su parte, sería el regreso a las fuentes mismas de la palabra. El silencio, entonces, no sólo sería el reencuentro con la morada del lenguaje, sino también una doble purificación que consiste en «dar un sentido más puro a las palabras de la tribu», como proponía Mallarmé, y en encontrar «un alfabeto con menos historia», como diría Roberto Juarroz, quien también está presente en este libro.

III

Sabemos que nada es casual en el amor, nada lo es tampoco en la poesía. No obstante, todo es transitorio, y eso es precisamente lo que convierte al poeta en una voz consciente de la fractura, de la escisión, de la orfandad que provoca el no poder explicar «con palabras de este mundo» que hay otros mundos, aunque fugaces, y otros lenguajes dispuestos a avivarlos. La ausencia es, sin dudas, un signo propiciatorio, no en vano el vacío existencial es la causa fundacional de tanto afán de trascendencia, el motor de las gestas más inenarrables. En relación con esto, el poema «Parábola» contiene los versos, a mi juicio, más representativos de todo el libro, versos que están —en profundidad y poder de evocación— a la altura de los de Salinas que elegí como epígrafe a esta presentación. Éstos son: «Pero / tú y yo, / hierbas perennes de la ausencia, / subsistimos al miedo, / y eso es todo».

Para concluir, resta decir que mi intervención no propone otra cosa que  redescubrir a la gran poeta santiagueña Sandra López Paz, con la esperanza de que también el lector se anime a hacer lo propio. Yo, particularmente, no tengo dudas acerca de mi juicio. Cuando alguien quiera saber qué es y cómo es una poeta, no tendrá más que explorar el amor que mana de este libro, y cuando ese mismo alguien quiera tener noticias sobre la poesía, también en este libro aprenderá, como diría la autora, «qué es esto de andar con cuchillos, funámbulo, entre las piedras». Tal vez así, el lector logre apreciar la irreprochable voluntad de una mujer que, habiendo escuchado el llamado de la Belleza, supo llegar a ella a través del camino de la Verdad, camino que nos vuelve a todos más humanos.
 
 

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