miércoles, 26 de abril de 2017

De la Fundación El Libro a la fundición del libro. Aportes para un debate acerca de la cultura de feria


I

A fines de los años 90, en un clima pleno de euforia y camaradería —seguramente más lírico que insurreccional y más pasional que reformista—, un grupo conformado por poetas, docentes y estudiantes llevó a cabo, durante dos años consecutivos, la Contraferia del Libro, un espacio de resistencia cultural desde el cual se reclamaba a los responsables de la Fundación El Libro: entrada libre y gratuita, posibilidades concretas de difusión para los autores jóvenes y para las pequeñas editoriales, y un programa inclusivo de actividades, sin costo adicional, para cualquiera de los posibles visitantes a su evento central.

De más está decir que la Fundación intentó acercar posiciones ofreciéndoles a los integrantes de la Contraferia (entre los que, por supuesto, se encontraba quien escribe) un puesto dentro de la muestra.  Oferta que fue inmediatamente rechazada.

Un libro de adhesiones, donde constan, entre otras, las firmas de Olga Orozco y Federico Andahazi, gente que en principio integraba el gran mercado del libro, pero que supo solidarizarse con la causa, es lo que queda como legado de esa fantástica ocurrencia.

Con el paso del tiempo, la Feria del Libro fue revigorizando su perfil mercantilista. A la consabida venta de stands y publicidad, se le sumaron las jornadas de capacitación y las rondas de negocios con tarifas internacionales, en una marcada apuesta a la mercadotecnia. La Fundación el Libro, no obstante, se sigue definiendo a sí misma como una entidad civil sin fines de lucro.

Sucede que la Feria nunca dejó de ser un fenómeno de mercado, y sabemos que cuando se habla de «mercado» se está hablando en realidad de «neoliberalismo».

El neoliberalismo ha provocado la ruptura o vaciamiento de lo que —al menos, durante gran parte de la modernidad— había constituido el complejo entramado entre mundo de ideas, experiencia social y actuación política. La sociedad perdió la posibilidad de elaborar un pensamiento genuinamente crítico respecto de su asfixiante coyuntura. Por ese motivo, el fenómeno «Feria del Libro», como tópico, exige ser abordado a partir del conjunto de problemas que presentan las industrias culturales, los dispositivos «massmediáticos» y el discurso posideológico, elementos que contribuyeron a diseñar el nuevo rostro mundial de la derecha.


II

El capitalismo de la segunda mitad del siglo veinte giró hacia lo que el pensador francés Guy Debord denominó «la sociedad del espectáculo». Lo mismo ocurrió con la cultura, que se «carnavalizó», como diría Bajtín, de manera notable. Fue, precisamente, el poder de los medios de comunicación el que fue ocupando cada rincón de la trama cultural incidiendo en la construcción de nuevas formas de subjetividad bajo la premisa, nunca explicitada, de darle sustento discursivo y relato legitimador al sistema económico dominante. La aceptación pasiva de un nuevo orden basado en el consumo modificó todos los parámetros de intercambio, la edad del mercado neoliberal, en tanto proyecto del capitalismo, decidió asumir y protagonizar la revolución cultural conservadora.

La Feria del Libro de Buenos Aires no es ajena a esta dinámica. Está visto que, como agente difusor del concepto hegemónico de cultura, es funcional a esa falsa neutralidad ideológica concebida como lo políticamente correcto. Buena parte de los escritores que en ella participan, lejos de denunciar esta banalización del capital simbólico, esta cosificación de nuestra profunda trama colectiva, optan por plegarse al espíritu dominante, ofreciéndose como portavoces de las virtudes del establishment o como simples lobbistas del mundillo editorial.

Asimismo, el público concurrente, con la excepción de una irrelevante minoría, no experimenta su visita a la Feria como «un hecho cultural». Este público, menos lector que consumidor de novedades, prefiere ignorar el ineludible debate que debe afrontar una nación para reconocerse y desplegarse libremente alrededor de un ethos propio.

Por esto mismo, ante las respuestas ingenuas o agresivas propinadas desde ámbitos intelectuales de dudosa idoneidad, ámbitos que participan de la complaciente atmósfera intelectual posmoderna, la tarea que debemos realizar como sociedad es la de fomentar una aguda revalorización de nuestra memoria histórica, de nuestra expresión y de nuestro destino. Y parte de esa tarea es la reconsideración del horizonte simbólico, del lenguaje y de las expresiones estéticas, y la intención de extraer de ellas, de sus propias categorías, los juicios teóricos y críticos que nos permitan desarrollar una comprensión plena de lo humano.


III

El activista que fui en la Contraferia, aún hoy, imagina una Feria del Libro ideal. Piensa en un lugar en el que, además de satisfacer las demandas enumeradas más arriba, se proponga indagar en la problemática del sujeto, en su expresión, en el sentido de la poiesis, en la viva interrelación americana entre mito y relato histórico, en el redescubrimiento de la verdad poética a la luz de la ciencia, en la actividad del escritor como actividad filosófica y en el valor del juego como actividad reveladora de otras realidades.    

No me parece caprichoso agregar, más allá de la existencia de ferias y contraferias, que la reivindicación de lo latinoamericano, el rechazo al vaciamiento cultural, la discusión de los enfoques horizontales del lenguaje y de las artes, el desarrollo de una semiología y una hermenéutica metódicas, la valorización de la cultura popular y de la teorización estética del escritor, son aspectos temáticos necesarios para darle un definitivo sentido de emancipación a la cultura y liberarla de su condición milenaria de fetiche.

Para concluir, quisiera recordar a todos los poetas de la Contraferia del Libro (tanto a los que están como a los que se fueron). Ellos, como yo, sabían que las palabras vienen de siglos y siglos de clemencia, que se yerguen como bestias al rechazar los lastres y que hacen de cada automatismo un roce cargado de perfumes. Ellos, como yo, sabían que el poeta es un humano que defiende, con toda su orfandad, con todo su historial de salmos y crepúsculos, con toda su sangre algo que es mucho más que humano, pero que existe, justamente, para garantizar humanidad. Ellos, como yo, sabían que el poeta, en síntesis, es aquel buscador de símbolos eternos, aquella necesaria bofetada dada a un mundo de apariencias.

 


jueves, 20 de abril de 2017

Cuatro nuevos párrafos sobre Gramática

«La cultura es la memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la continuidad histórica, el modo de pensar y de vivir», decía Milan Kundera. Nosotros podemos decir lo mismo del idioma. Y si hablamos del idioma, estamos hablando también de la gramática.

Entendemos por gramática a la parte de la lingüística que estudia la estructura de las palabras, así como la manera en la que éstas se combinan para formar oraciones (morfosintaxis). Dicho de otro modo, la gramática es el conjunto de normas y reglas que establecen cómo hablar y escribir correctamente.
 
El estudio de la gramática y la preparación de normas gramaticales han sido, desde los primeros estatutos académicos, un complemento imprescindible para la elaboración de diccionarios (aunque conviene recordar que en el diccionario se de¬finen las palabras y en la gramática se explica la forma en que los elementos de la lengua se enlazan para producir
Al igual que la lengua que le da sustento, la gramática evoluciona permanentemente, hasta el punto que existen diversas escuelas con sus respectivos enfoques y teorías (la gramática descriptiva, la gramática generativa, la gramática textual, etc.). Por consiguiente, los usuarios de la lengua no debemos temerle a la gramática sino más bien pensarla como un muy útil instrumento que nos ayudará a agilizar y enriquecer el idioma. Después de todo, tal como suele decirse, «la lengua la hacen lDesde los primeros estatutos académicos, el estudio de la gramática y la preparación de normas gramaticales han sido un complemento imprescindible para la elaboración de diccionarios (aunque conviene recordar que en el diccionario se definen las palabras y en la gramática se explica la forma en que los elementos de la lengua se enlazan para producir textos).

Al igual que la lengua que le da sustento, la gramática evoluciona permanentemente, hasta el punto de que existen diversas escuelas con sus respectivos enfoques y teorías (la gramática descriptiva, la gramática generativa, la gramática textual, etc.). Por consiguiente, los usuarios de la lengua no deben temerle a la gramática, sino más bien pensarla como un muy útil instrumento que les ayudará a agilizar y enriquecer el idioma. Después de todo, tal como suele decirse, «la lengua la hacen los hablantes».
 


 

martes, 11 de abril de 2017

De nuevo Borges; sí, el otro, el mismo


Dicen que soy un gran escritor. Agradezco esa curiosa opinión, pero no la comparto. El día de mañana, algunos lúcidos la refutarán fácilmente y me tildarán de impostor o chapucero o de ambas cosas a la vez.


Jorge Luis Borges

 

 

Nos miran sin vernos; hemos muerto ya a sus ojos y vuelven  a la novela que escriben para hombres que no verán jamás. Se han dejado robar sus vidas por la inmortalidad. Nosotros escribimos para nuestros contemporáneos y no queremos ver nuestro mundo con ojos futuros —sería el modo más seguro de matarlo—, sino con nuestros ojos reales, con nuestros verdaderos ojos perecederos. No queremos ganar nuestro proceso en la apelación y no sabemos qué hacer  con una rehabilitación póstuma; es aquí mismo, mientras vivimos, donde los pleitos se ganan o se pierden.

 
Jean-Paul Sartre

 
 

I


El sistema literario occidental contó siempre con talentosos escritores funcionales al statu quo. Borges fue (y es), para la Argentina, un caso ejemplar en ese sentido. Una operación cultural que lleva décadas lo ha situado en un lugar de mayorazgo, de exagerada preeminencia. Este hecho nos obliga a preguntarnos qué tipo de dispositivos se emplearon para cristalizar su figura en una suerte de canon de un solo nombre y a quiénes realmente beneficia dicha suerte.


En su novela Respiración artificial, Ricardo Piglia ponía en boca de uno de sus personajes la teoría de que Jorge Luis Borges era el mejor escritor argentino del siglo XIX, y vale decir que hay mucho de cierto en ese postulado. En efecto, luego de su fugaz paso por las vanguardias, Borges se aferró a las tradiciones clásicas de la narrativa decimonónica, especialmente a la inglesa. Esto no debe sorprendernos, ya que Borges, por un lado, nunca entendió la práctica de la escritura como una posición de combate frente a las jerarquías literarias y los valores consagrados y, por el otro, nunca negó su predilección por autores como Wells, Stevenson, Chesterton y Kipling, todos escritores que trabajaron un tipo de relato ático (por no decir estereotipado).


Asimismo, como para mencionar algunos otros puntos que refrendan lo insinuado por Piglia, Borges descreía plenamente de la historia, ignoraba la sociología y le aburría la psicología; corrientes enteras de la filosofía y la literatura modernas y contemporáneas le eran ajenas; desdeñaba a los escritores preocupados por la condición humana y menospreciaba a géneros literarios y literaturas nacionales en su totalidad; se jactaba de no leer a algunos de los más grandes novelistas del siglo XX: se burlaba de Proust, criticaba a Joyce y desconocía a Thomas Mann o a Musil, entre muchos otros. Las artes plásticas no le interesaban demasiado (su ceguera, luego, justificaría este capricho), la música le estaba vedada. Sus comentarios críticos eran deliberadamente parciales y caprichosos, y a menudo alevosamente equívocos. Caricaturizaba —quizá con razón— las interpretaciones económicas y políticas de la literatura, pero incurría en no menos aberrantes interpretaciones literarias de la economía y de la política de su tiempo. En definitiva, Borges se jactaba de conocer lo que casi nadie conocía, pero ignoraba el mundo que se imponía con el siglo.


II


En la obra de Jorge Luis Borges, hombre más entregado a la reflexión que a la acción, se advierte, sin embargo, una frecuente exaltación del coraje, de la aventura física y de la empresa heroica. Por ejemplo, en los cuentos «Hombre de la esquina rosada» y «El sur», incluidos respectivamente en Historia universal de la infamia y Ficciones, esta exaltación del coraje se cifra en el duelo a cuchillo, que tiene la categoría de un nuevo mito para la mentalidad nacional, mito condensado en un estar listo para matar y para morir. No parece aventurado, acaso, reconocer en estos cuentos, especialmente en el último, el esbozo de una personalísima catarsis, el escape hacia algún tipo de realidad compensatoria.


Es importante destacar que la intención catártica de Borges no se canaliza siempre a través de los mismos mecanismos. El tema de la culpa y el castigo es tan recurrente como el del culto al valor y al coraje. Sólo estos temas —el  valor, la culpa y el castigo— admiten en la escritura borgeana un tratamiento razonable y concienzudo; cualquier otro será relegado al plano de lo fantástico, de lo especulativo, de lo conjetural, es decir, de lo improbable. A título de ejemplo, y sin entrar en un análisis demasiado pormenorizado, señalaremos cómo la problemática de la culpa y el castigo se pone en manifiesto en los cuentos «La forma de la espada», incluido en Ficciones, y «La casa de Asterión», incluido en El aleph.


En «La forma de la espada»,  el traidor, John Vincent Moon, cuenta la historia de su traición, pero asumiendo la voz del traicionado. Esa inversión de óptica, de perspectiva narrativa, tiene, dentro de los límites mismos del relato, connotaciones diversas. Pero la más evidente es el trasunto de una preocupación ético-moral: el protagonista, como sabemos, vive bajo el peso del remordimiento, urgido por una lucha interior que lo acucia constantemente. Su confesión, cuya intención catártica parecería ser indiscutible, está destinada a suscitar, a través del desprecio del receptor, un modo de castigo. La culpa constituye el núcleo del relato, incluido el del protagonista, y el castigo que éste se impone gravita en el modo en que asume a su vez la narración.


En «La casa de Asterión», se cuenta una historia a tal punto velada que sólo podemos reconocer su filiación mitológica cuando el relato concluye. Se trata de la leyenda del Minotauro, y de su muerte en manos de Teseo. De Plutarco en adelante, esta historia se ha contado desde la perspectiva de Teseo, el héroe que entra en el laberinto para aniquilar al monstruo y así liberar a Creta del tributo periódico de vidas humanas que había que ofrecerle a aquél en sacrificio. Borges, por el contrario, se centra en la figura del Minotauro, un pobre protagonista que, asediado por la soledad y el desamparo, espera la llegada de un redentor que venga a matarlo y lo libere de ese mal que es la existencia. En el origen del Minotauro hay una doble culpa: la de Minos, que se niega a sacrificar el hermoso toro blanco que Poseidón había hecho surgir de las aguas para probar a los cretenses la legitimidad del reinado de Minos, y la de Pasifae y su monstruoso ayuntamiento con el toro, germen del nacimiento de Asterión. El Minotauro simboliza, de algún modo en este cuento, al ser humano, criatura solitaria, existencialmente arrojada a un mundo caótico que recorre a ciegas, intentando en vano descifrarlo. Refiriéndose a sí mismo, Asterión reflexiona: «El hecho es que soy único»; refiriéndose a su casa: «La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo».


Ahora bien, las ideas de culpa y de castigo suponen la de fatalidad, y ésta, a su vez, la de imposibilidad de libertad, algo fuertemente arraigado en el pensamiento borgeano. En relación con esto, en una conferencia que dio el 6 de agosto de 1985, declaraba: «Yo descreo en el libre albedrío, creo que cada acto mío es fatal, creo que el libre albedrío, es una ilusión necesaria». La estructura significativa subyacente en esta declaración pone en evidencia las marcas ideológicas existentes en su producción literaria, marcas de un conservadurismo indiscutible. 


III


Todo escritor, al disponerse a escribir, tiene presente en su conciencia un público, aunque éste sólo se componga de la misma persona que escribe. Dicho de otro modo, ningún escrito será definitivo, a menos que alguien pueda leerlo alguna vez; en esto consiste, sin ir más lejos, el sencillo acto de publicar. Para quién escribió Jorge Luis Borges es algo que resulta complejo responder. Lo que sí estamos en condiciones de aceptar es que principalmente escribía para sí mismo, pero con la confianza de que su palabra era ya un artículo de fe y, por consiguiente, de que tamaña consagración eximiría a la feligresía diletante de leerlo. Esta es la fatalidad de los que llegan a clásicos en vida.


Es sabido que la literatura argentina suele trabajar la política como conspiración, como máquina paranoica; de hecho, eso es lo que uno encuentra en buena parte de la obra de Sarmiento, Hernández, Macedonio Fernández, Lugones y Roberto Arlt, por nombrar tan sólo a otros escritores que gozan del crédito de nuestro campo intelectual. Así es como en la historia argentina, política y ficción se entrelazan y se despojan mutuamente, provocando efectos extraños, y conformando universos a la vez antagónicos y simétricos. Las evidencias de estos cruzamientos están ligadas a la verdad, con todas sus responsabilidades; sin embargo, en la ficción aparecen también el ocio, la gratuidad, el derroche de sentido y el azar. En última instancia, la literatura se asocia con la política a través de la seducción y del deseo, es decir,  a través de una retórica de la conquista; lo que de ninguna manera le impide desarrollarse también como verdad.
 

A raíz de lo expuesto anteriormente, me permito introducir una anécdota. El 22 de septiembre de 1976, Borges consintió en dejarse galardonar por el dictador chileno Augusto Pinochet, en una actitud que, para muchos, le terminaría costando el Premio Nobel. Borges declaró en aquella ocasión: 


Yo soy una persona muy tímida, pero él (Pinochet) se encargó de que mi timidez desapareciera, y todo resultó muy fácil. Él es una excelente persona, su cordialidad, su bondad... Estoy muy satisfecho... El hecho de que aquí, también en mi patria, y en Uruguay, se esté salvando la libertad y el orden, sobre todo en un continente anarquizado, en un continente socavado por el comunismo. (…) Yo expresé mi satisfacción, como argentino, de que tuviéramos aquí al lado un país de orden y paz que no es anárquico ni está comunizado.


Borges no creía en la democracia por tratarse de «un exceso de estadísticas», lo que equivalía a decir que la democracia no contempla los deseos y necesidades de las minorías (de la minorías antidemocráticas, me atrevería a agregar). Esta aparente boutade encierra algo aun más complicado, por no decir perverso: toda democracia genuina implica una pretensión de libertad, de inclusión y de clausura de atávicas desigualdades, categorías imposibles para Borges. Él era un fatalista y, por lo tanto, aceptaba sumisamente el fatum impuesto por el poder de siempre, poder de igual forma atávico y fatal. Hijo dilecto de un país que fue colonia, Borges veía como algo natural que la Argentina fuese un país de fideicomiso, un puerto libre de interferencias molestas, un servicial entrelazamiento con el extranjero, especialmente con Inglaterra, donde creía estaba la civilización.


Antes de concluir con estas líneas, quisiera aclarar que mis diferencias con Borges no son exclusivamente políticas, sino también estéticas. Ya que, como lo intenté insinuar a lo largo de este artículo, se puede llegar a ser reaccionario también por motivos estilísticos. Resta decir que toda idolatría es sospechosa; por consiguiente, sugiero tener en cuenta varios aspectos a la hora de abordar la obra borgeana. Como por ejemplo, el conocimiento cabal de otras literaturas y, en consecuencia, de otras formas de trabajar con el lenguaje, formas en donde éste no busque corrección, sino la posibilidad de liberar la palabra y liberarse, a través de ella, de las convenciones y represiones que le son propias, mero reflejo de otras convenciones y represiones aun más peligrosas.

 

 

 

La tilde diacrítica


La tilde diacrítica se utiliza para diferenciar, en la escritura, ciertas palabras que presentan igual forma, pero distinto significado. Tal es el caso de algunos monosílabos.

La lista de monosílabos con tilde diacrítica es la siguiente:

1.      (pronombre personal), frente a tu (determinante posesivo). Ejemplos: « sabes muy bien de lo que estoy hablando»; «Me gustaría leer tu libro».

 
2.      Él (pronombre personal), frente a el (artículo). Ejemplos: «Él siempre quiso lo mejor para su familia»; «Nadie sabe lo que el tiempo nos traerá».

 
3.      (pronombre personal), frente a mi (adjetivo posesivo): «Para es importante que te acuerdes de que es mi cumpleaños».

 
4.      (pronombre personal, adverbio de afirmación o sustantivo), frente a si (conjunción o nota musical): «, el otro día se me olvidó comprobar si había apagado la televisión».

 
5.      (sustantivo, ‘infusión’), frente a te (pronombre o letra t): «Sírvase una tacita de , por favor»; «No digas que no te lo dije».

 
6.      (forma del verbo dar), frente a de (preposición o letra de): «No le importancia a lo que digo»; «Soy el amigo de tu padre».  

 
7.      (forma del verbo ser o saber), frente a se (pronombre, indicador de impersonalidad o de marca refleja): «muy bien quién tiene razón aquí», «Se me hace tarde para llegar a casa».

 
8.      Más (adverbio, adjetivo, pronombre, conjunción con valor de suma o sustantivo), frente a mas (conjunción adversativa equivalente a pero): «Hoy he trabajado más horas, mas me siento con energía».

Sin embargo, es incorrecto emplearla para distinguir pares de palabras de igual categoría gramatical, como es el caso del monosílabo di, del verbo decir, y su par di, del verbo dar.

Por último, la tilde diacrítica se aplica también a los interrogativos y exclamativos cómo, cuándo, cuánto y (a)dónde, que forman serie con los interrogativos y exclamativos qué, cuál, cuán, quién.

 

miércoles, 15 de marzo de 2017

Usos incorrectos de la coma


La coma se emplea básicamente para separar o aislar elementos dentro de un enunciado, para acotar incisos y para distinguir entre sentidos posibles de una misma secuencia de palabras. Sin embargo, hay ciertos usos que son considerados incorrectos. A continuación, indicaremos los 6 que más se repiten en la Web:

 

1.     Es incorrecto escribir coma entre el sujeto y el verbo de una oración, incluso cuando el sujeto está compuesto de varios elementos separados por comas. Ejemplo:
 

*Mis padres, mis tíos y mis abuelos, me felicitaron ayer por mis exámenes.

 

Cuando lo correcto sería:

 

 Mis padres, mis tíos y mis abuelos me felicitaron ayer por mis exámenes.

 

La excepción se da cuando el sujeto es una enumeración que se cierra con etcétera (o su abreviatura) o cuando inmediatamente después del sujeto aparece un inciso aclaratorio. Ejemplos:

 

Mis padres, mis tíos,  mis abuelos, mis primos, etc., me felicitaron ayer por mis exámenes.

El hombre de a lado, compañero de trabajo de mi padre, se ofreció para llevarme al colegio.

 

2.     No debe escribirse coma delante de la conjunción que cuando ésta tiene sentido consecutivo o va precedida de tan (to) o tal. Ejemplo:
 

*La situación había llegado a tal punto, que ya no era posible sostenerla.

 

Cuando lo correcto sería:

 

  La situación había llegado a tal punto que ya no era posible sostenerla.

 

3.     No se escribe coma detrás de pero cuando precede a una oración interrogativa o exclamativa. Ejemplo:

 

*Pero, ¿qué te has creído?

 

Cuando lo correcto sería:

 

  Pero ¿qué te has creído?

 

 

4.     El uso de la coma tras las fórmulas de saludo en cartas y documentos es un anglicismo ortográfico que debe evitarse. Ejemplo:
 

*Querido amigo,

 

  Te escribo esta carta para comunicarte...

 

Cuando lo correcto sería:

 

 Querido amigo:

 

 Te escribo esta carta para comunicarte...

 

5.     Cuando en la oración se juntan dos incisos cortos, debe evitarse la coma antes del primero. Ejemplo:

 

*Dijo, finalmente, además, que todas sus dudas convergían en una sola.

 

Cuando lo correcto sería:

 

  Dijo finalmente, además, que todas sus dudas convergían en una sola.

 

6.      Antes de abrir paréntesis o raya. Ejemplo:
 

*Desde muy joven, (y el muchacho no había conseguido liberarse después de esa obsesión) a Bioy lo espantaba la idea de que el mundo podía desaparecer en la oscuridad.

 

Cuando lo correcto sería:

 

Desde muy joven (y el muchacho no había conseguido liberarse después de esa obsesión), a Bioy lo espantaba la idea de que el mundo podía desaparecer en la oscuridad.

 


martes, 14 de febrero de 2017

Nuevos consejos de redacción. Entre lo «posible» y lo correcto

¿A qué viene este título tan inusualmente rimbombante? Se los diré. En los medios de comunicación, es común encontrarse con frases como «Enviaremos informes lo más completos posibles», «Pedimos que sean lo más concisos posibles», «Su tarea es que los fondos queden lo menos afectados posibles» o «Las medidas que adoptaremos serán lo menos perjudiciales posibles».
Pues bien, la normativa explica que, cuando expresiones de este tipo comienzan por el artículo neutro lo, la palabra posible deberá permanecer invariable (es decir, en singular). Por ejemplo: «Hicieron casas lo más baratas posible».
Consecuentemente, en las oraciones que enumeramos en el primer párrafo, lo adecuado hubiera sido escribir «Enviaremos informes lo más completos posible», «Pedimos que sean lo más concisos posible», «Su tarea es que los fondos queden lo menos afectados posible» o «Las medidas que adoptaremos serán lo menos perjudiciales posible». Como ven, en todos los casos, la palabra posible está en singular.
Si respetamos esta pequeña regla, lograremos que nuestra escritura sea «lo más correcta posible». Y creo que, al menos, vale la pena intentarlo.

 

 

miércoles, 1 de febrero de 2017

El arcaísmo y sus arrugas


¿Cuándo es pertinente decir que una palabra ha pasado a formar parte de la larga nómina de arcaísmos? Este interrogante está planteado desde hace mucho tiempo y no encuentra todavía una respuesta convincente. Si aceptamos que el idioma se fijó en el siglo XVI, deberíamos dar entonces por desterradas las palabras anteriores. No obstante, aún hoy empleamos muchas voces que ya Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua (1535), daba por caídas en desuso, y hasta se asegura que en los diccionarios figuran con el mote de anticuadas miles de palabras vivas y en uso. Quizá la falta de circulación de muchas palabras no se deba más que al desconocimiento que los usuarios de la lengua tienen de ellas. Ciertamente, en una sociedad cuyos miembros se expresan corrientemente con apenas algunos centenares de vocablos, nada tiene de extraño que a los restantes se los considere arcaísmos.
Según las distintas capas de la población, los términos y las expresiones pueden tener una duración diferente en el habla viva. En ciertas zonas, por ejemplo, el arcaísmo no es un hecho aislado, sino un conjunto de rasgos que pueden ser fonéticos, morfológicos, sintácticos o léxicos, lo que confiere un carácter arcaizante a su habla. Es frecuente que en ciertos pueblos o regiones se mantengan vivas algunas formas lingüísticas que en otros lugares ya han desaparecido, aunque en los diccionarios se recojan todavía como expresiones vitales. Asimismo, las formas arcaicas que se conservaban aún no hace muchos años en algunos pueblos pequeños de España, Colombia, México o Argentina, y que tal vez la influencia de la televisión, la radio y el cine haya borrado a estas alturas, podían dejarlo a uno boquiabierto. Dicho de otro modo, la utilización de arcaísmos constituye una de las formas no sólo de conservación local del idioma, sino también una de las formas de alejamiento de los usos normativos de la lengua estándar.
Ahora bien, sabemos que las lenguas evolucionan y, en esa evolución, raramente recuperan materiales que han dejado atrás como «desecho». Sin embargo, se dan casos atípicos de recuperación. En ese sentido, es conocido el fenómeno según el cual algunos pueblos de América le «devuelven» a España ciertas voces que ésta llevó allí hace siglos; por ejemplo, la voz occiso (‘muerto violentamente’), vieja palabra castellana que regresó a la península ibérica a través del doblaje en español neutro que se hace en Latinoamérica; o aquella palabra proveniente del campo del atletismo, como lo es garrocha (la de «salto con garrocha»), para designar lo que los españoles conocen como pértiga. Incluso a veces se resucitan ciertos arcaísmos por razones estilísticas, como es el caso de asaz por muy, aunque resultaría de muy mal gusto que por ese mismo motivo se vuelva a imponer un arcaísmo como farina por harina.