Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
Miguel Hernández
Horacio Pérez del Cerro, el poeta,
ha muerto en su ley, «como el rayo»[1].
Me llamó antes de que lo internaran para pedirme que sus amigos más cercanos no
olvidáramos su obra, que es la forma que tienen quienes se han entregado por
completo a la escritura de decirnos que no los olvidemos. En el hospital duró
solo dos semanas; la muerte lo estaba esperando de antemano, y el poeta acudió
puntualmente a la cita, aunque no le llevó flores, sino un ramillete de EPOC y
erisipela.
Horacio
Pérez del Cerro, el poeta, ha muerto a los setenta y seis años, esperando «beckettianamente»
una primavera que nunca le llegó, presa su alma de furor y gloria, una gloria
absurda de tabaco y whisky pobre, una
gloria cincelada a fuerza de memoria e inviernos de fuego disipado.
«Como
el rayo», dije, que es la forma con la que Miguel Hernández aludió a la muerte
de Sijé; y uno, que viene coleccionando raudas elegías desde hace unos cuantos
años, no puede más que sentirse interpelado por esa breve frase.
Los tiempos que corren no ayudan demasiado, para qué
negarlo. De hecho, no sé por qué no ha muerto más gente a esta altura de la
suaré, como debería ocurrir en cualquier tragedia shakesperiana que se precie.
Sospecho que Del Cerro se hizo este planteo, y por eso acudió a aquella cita…
«tan temprano»[2].
En
estos tiempos, fatídicos tiempos de odio y lengüetazos, la muerte se ha ensañado
con jubilados, niños y poetas. Del Cerro era decididamente todo eso, por lo que
su suerte estaba echada, que es como acaba la suerte cuando se olvida a quién
debe servir en realidad.
Horacio
Pérez del Cerro, el poeta, dejó una obra vastísima —mayoritariamente inédita—,
un hijo y un trillón de botellas vacías y sedientas. Me corresponde hacer
hincapié en lo primero, pues de lo otro ya habrá quien alce la mano, el codo y
hasta el hombro, con todo y sacudida. Y lo que tengo que decir de su escritura
es que no ha cesado nunca, como el rayo de Hernández antes aludido. Sin ir más
lejos, este es el último poema que escribió:
02/09/2026
si en una selva de armas cuelgan niños
si en los ojos rojos del poniente,
desmenuza tiestos
la vergüenza del olor a guerra que se
obstina
tapar estampidos de metralla en la olla
de la cena
el horario del hambre se hará noche
cerrada
sobre el pueblo que lo soporte, cuerpo
que se dibuje
en un espejo de sangre corrupta sin
vengar
y el asedio de injusticia de criminales
propios y ajenos
aunque sin duda y esperanza el reloj del
escarmiento
timbrará campanas como truenos,
relámpagos de interminable tormenta
sobre las cabezas del latrocinio, porque
no habrá talantes mansos, ni cabildantes
manifiestos
solo tanteos exactos al ritmo acelerado
de la crispada herida
de aquellos que sin grito ni alboroto
estudian las migajas del asesino si es
preciso
antes de asestar los chubascos
necesarios
que detengan del tiempo a las bestias
del odio
Horacio Pérez Del Cerro —el jubilado, el niño, el
poeta— ha muerto de bronca a los setenta y seis años, huérfano de patria y de
horizontes, y un hueco azul en mi costado lo llora como a un padre,[3]
aunque no me brote ni una lágrima, porque, en esta época (ay, días de nadie,
rostros de furia), no podemos darnos el lujo de desperdiciar el agua, por más
que esta tenga gusto a sal.
[1]
Véase el comentario introductorio, parentético, del poema «Elegía»,
de Miguel Hernández, incluido en el libro El
rayo que no cesa, poema del cual también extraje los versos que escogí como
epígrafe de esta triste entrada.
[2]
Véase (y, sobre todo, léase) el poema de Hernández ya citado.
[3]
Del Cerro fue un referente importantísimo en mis años de
estudiante de Letras y de aspirante a poeta; de hecho, mis primeros tres libros
de poesía los publiqué con su sello, Ediciones El Tranvía, casi tan legendario
hoy como el autor que, aquí, intento homenajear. En otro de mis blogs me refiero más ampliamente a aquellos años; dejo el enlace para quien
quiera leer: Homenaje al «Tábano»






