sábado, 12 de septiembre de 2026

Exhortación a la risa lamentable*

 



A Oliverio Girondo

 

 

Reírse de los globos aerostáticos,

de los incendios forestales,

de las indisposiciones de los cuervos y las sombras.

Reírse del dolor intestinal en las cavernas,

de los espeleólogos y los médicos humeantes,

de las piaras de chanchos millonarios

que dicen que muerden los bocados cuando comen,

de los esclavos y los clavos

que se oxidan con las lágrimas y el frío.

Reírse de las farmacias y de los gobiernos de turno,

que se nos deshaga la cara a carcajadas

y que la reinventemos riéndonos de nuevo.

Reírse del plástico, de la madera,

del cóctel de los viernes,

del desayuno que no tomamos porque es martes.

Reírse de las catedrales derruidas,

de los shoppings de verano y lucesitas,

del tedio que sentimos después de descender de un argumento.

Reírse de las focas y los focos,

cagarse de risa,

hasta la diarrea,

hasta el escarnio extremo de la sangre,

hasta la ataraxia y la vendimia.

Desbaratarse las mandíbulas riéndose,

sacrificar a risotadas las promesas,

huir de Dios riéndose del diablo.

«Reírse del cumulonimbo, del satélite,

que nos tragamos bestialmente

por no poder dejar de precipitar sobre la nada,

por no saber detener el avance de la nada».

Reírse en definitiva de uno mismo,

riéndose de todo lo existente,

y quebrarse de un golpe de risa el corazón.




*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).



lunes, 17 de agosto de 2026

Apología del crepúsculo


Contrariamente a lo que dicen las comadres, el crepúsculo es el momento menos peligroso del día, pero sí quizá el más sugestivo.

Si lo pensamos en términos empíricos, este intervalo entre el día y la noche tiene mucho de ventana —cuando no de puerta— a otra zona, a otro rango u otra frecuencia de percepción, lo que lo vuelve especialmente atractivo para poetas, amantes y vampiros. No obstante, estoy seguro de que se trata de algo más sencillo.

La luz solar todavía ilumina en los rincones; con menor fuerza, sí, pero con mayor diversidad cromática. La penumbra, entonces, se asocia con la lánguida luz del exterior en un juego de concesiones y renuncias muy parecido al amor, o aquellas danzas en las que los contrarios se aproximan y se alejan como si la seducción (o la histeria) fuera el único lenguaje permitido. El crepúsculo, en consecuencia, nos atrae por lo mucho que tiene de batalla, por lo mucho que tiene de cortejo.

Sin embargo, para la gran mayoría —confesos espíritus solares, me imagino— el crepúsculo es sinónimo de derrota, como lo demuestran los dioses a los que hacía mención Friedrich Nietzsche, y esa idea parecería ser en sí misma una capitulación. El mérito de lo crepuscular, ya que no podemos hablar abiertamente de éxito, radica en su inestabilidad semántica o, si prefieren, en su indefinición. El adjetivo crepuscular no remite a un significado firme, pero sí connota y convoca muchos significados provisionales o inestables: es, sin ir más lejos, el Matrimonio del cielo y el infierno del que hablaba William Blake.

El crepúsculo comporta el concepto de unión de los opuestos que tan atractivo les resultó a los surrealistas: cielo e infierno, energía y razón, deseo y restricción, luz y sombra, destrucción y amor. Por eso es que nunca quiero que anochezca totalmente y que lo que ocurre en la penumbra se extienda siempre un poco más, aunque el tiempo diurno (que es un burgués) no lo consienta; aunque el tiempo nocturno (que es un gitano) me lleve siempre del cuello a sus dominios.





El humo en la lengua, la lengua en el mundo

 



Un humo difuso asciende entre la niebla, con ella se confunde, imita su reinado. Nada es igual al cuerpo que se esconde detrás de esa muralla de aire y espejismos; un cuerpo altivo que emerge de la nada para en la nada misma dar su sabio salto.

Y uno, que ha visto sombras y en ciegas sombras se ha vestido, no puede ignorar el milagro de ese cuerpo que espera, deseante, detrás del humo o de la niebla. Mi voz procura descifrar el misterio con dulces letanías; la lengua es la materia en la que se esculpen mis hallazgos.

El humo en la lengua, la lengua en el mundo. Ambas variantes dan al mismo tiempo un golpe de elocuencia para que ese cuerpo —silueta o limbo— adquiera en mi prosa su sutil corporeidad.

Pero cuidado, no estoy hablando de poesía. Simplemente… dejo que hable.






Recapitulaciones*



Y después del impacto,

después de glorias y de asombros,

después de escupirle la absurda enagua a la luna dominguera,

¿callar, acaso?,

¿huir, sentir gangrena en las pasiones?

Ya se produjeron las más sangrientas hecatombes,

y cuando abro las canillas de la historia

inundo de mártires estos lúbricos pasillos,

empiezo a ver el desfile de héroes que me aborda.

Ya Vallejo se clavó un filoso Trilce en medio de su vientre;

ya Huidobro se estrelló por todos los mortales voladores

en el inmundo suelo del lenguaje,

alto como un azor en eterna intransigencia;

ya Breton fiscalizó nuestras pesadillas más profundas

prohibiéndolas después como en ensueños,

como encubriendo un crimen indecible

que aun así cometeré.

¿Qué hacer entonces después del redoble de tambores,

después del estrepitoso fin del trapecista?

Enormes fauces devoran espuma y aire en el poniente,

insisten en destruir los escombros destruidos,

naufragar en los naufragios del naufragio,

remoler siempre los mismos remolinos.

Son brujas de toda noche, enloquecidas,

que no recuerdan la primigenia misión encomendada.

Yo camino entre el caos,

entre la árida tierra de ruedas giratorias;

tengo un pedazo de madera

astillada en mi pájara mano domadora,

voy a construir una cabaña.

 



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).

 

Testimonio de un fusilamiento*

 



De repente, como si fuese necesario,

los fusiles descargaron sus plegarias,

humeando quedaron los metales de calientes

y ni siquiera el alivio

de haberlo dicho todo de un disparo,

de haber lanzado una puteada de pólvora a la carne,

pudo aplacar la pesadez del crimen en sus rostros,

que de a poco los iba degradando,

los iba, de a poco, también, recomponiendo.

La muerte ya vendía sus últimos palcos en la calle,

pregonaba a viva voz,

sí, la muerte

que lo destruye todo por descuido,

la displicente, astuta muerte,

pregonaba a viva voz

que los caídos esta vez serán precepto

y morirán de nuevo tantas veces como fuese necesario,

como si de repente no hubiera otro remedio.

No terminaban del todo de caer aquellos cuerpos impactados

por un sistema inescrutable

de absurdos y oficinas,

de pelotones y patíbulos,

que resultó imperiosa

aquella vieja formalidad de sacerdote,

aquella religiosa indulgencia reservada,

de satisfacer todos los horrores existentes

y dejarle a la retina

la ingrata labor de enloquecernos.



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).


Debajo de las ramas de un olivo



Qué haremos cuando todo arda, cuando el infierno burocrático de un país al rojo vivo nos alcance con su sangre, obligándonos a escondernos bajo el agua de un pantano, agua estancada hace centurias, solo para evitar que nos queme lo que finalmente nos llenará de llagas la piel húmeda, curtida por el moho, oculta en un pozo de gotas purulentas.

Si me lo preguntan, no sabría qué responder. Solo sé que allá, a la distancia, veo un olivo, en cuyas ramas un pájaro insólito se posa, a veces en una, a veces en otra; no hace ruido, únicamente observa, con pompa de general o gerifalte, cómo me acerco a sus dominios.

Debajo de las ramas de un olivo, debajo de las ramas de este olivo, puedo abstraerme unos segundos del infierno circundante. Una calma bíblica me inunda al tomar conciencia de dónde estoy parado. Sin embargo, la ciudad me llama, y no puedo hacer nada para evitar que su solicitud, como una flama o una hostia consagrada, se convierta en aurora una vez que retome mis pasos peregrinos.

Debajo de las ramas de un olivo, una fugaz revelación se ha vuelto pájaro.




 

Poema VI*

 




los toros de mabel

los toros de lucía

los toros de ana laura cristina o de viviana

los toros de un cielo oscurecido por los toros

el toro que emerge de sí mismo

 

los toros evocados

los toros ateridos

los toros de bernarda

los toros de mónica beatriz o los de alicia

los toros que cuelgan de mi cuello

los toros que suben por mis piernas

el toro que es la noche con su único cuerno carcomido

 

los toros de valeria

los toros de un telar con figuras de toros

con figuras de toros de tela y de durazno

con toros que como una ráfaga asesina

embisten la memoria taurina de los hombres

 

los toros de patricia

los toros de griselda francisca o susanita

los toros que son espuma en un océano de toros

los toros que pescan los toreros

con sus capas y sus pestañas larguísimas

los toros rojos sangre de toro malherido

los toros de maría belén o de fulana

los toros que se embriagan apuñalan y perecen

 

los toros toropintos

los toros torozambos

los toros torostoros

los toros torotumbo

los toros de lorca y aleixandre

los toros engreídos por torearse

los toros que contienen el planeta

los once toros desbocados que dijiste

los doce toros con alas como cruces que olvidaste

los toros de miura y altamira

y todos los que me queden por faenar

y dirimirles sus tristezas de toros abrumados

desde mi más honda desgracia azul y remotísima

olé




*Texto perteneciente al libro Íngrimo e insular (Ediciones el Tranvía, 2005).