lunes, 5 de octubre de 2026

Vampyr

 


 

Bate en medio de la negrura tus alas consteladas de lágrimas.

 He ahí el infierno de la belleza.

 

Enrique Molina

 

 

I

 

bajo estas alas de murciélago

un cuerpo insiste en perpetuarse

en transformar sus arrumacos en sentencias

en hacer de cada goce un latido de tigres acentuado

cuello que contiene mi alimento y que respeto

como si fuera un mar de lunas ensanchándose

como si sutilísimas estrellas demostraran

la circularidad del falo anteponiéndose

al sudor al labio a la neblina

hasta quedar famélico y amante

 

II

 

pintada de niña o cómplice del cráneo

de un cráneo azul que aún hoy conservo

bailás la danza de la muerte desarmándola

amparada en unos guantes de rubor que son ya pájaros

y que crepitan con confianza nocturnal de siete encajes

porque siete es el nombre de tus besos también cuando te pienso

 

III

 

ahora inhalo altillos de algodón y de muñecas

ahora solo recito zafarranchos

para sentir de nuevo lo corpóreo

lo que a un noble paladar ya no involucre

ah mis catedrales mi palidez mi duermevela

gótico como la esperanza es este limbo

sufrirá la noche calumniada si no canto

 

IV

 

la nieve de tu cuello se evapora

es una selva antigua de leche y de luceros

beberte o no para morir sediento

dos gorriones se instalan en tu pecho de tules vulnerado

y es un hielo derritiéndose el corazón que me extirpaste

viernes, 18 de septiembre de 2026

En estos tiempos, la muerte...

 



Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
 

Miguel Hernández

 

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, ha muerto en su ley, «como el rayo»[1]. Me llamó antes de que lo internaran para pedirme que sus amigos más cercanos no olvidáramos su obra, que es la forma que tienen quienes se han entregado por completo a la escritura de decirnos que no los olvidemos. En el hospital duró solo dos semanas; la muerte lo estaba esperando de antemano, y el poeta acudió puntualmente a la cita, aunque no le llevó flores, sino un ramillete de EPOC y erisipela.

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, ha muerto a los setenta y seis años, esperando «beckettianamente» una primavera que nunca le llegó, presa su alma de furor y gloria, una gloria absurda de tabaco y whisky pobre, una gloria cincelada a fuerza de memoria e inviernos de fuego disipado.

«Como el rayo», dije, que es la forma con la que Miguel Hernández aludió a la muerte de Sijé; y uno, que viene coleccionando raudas elegías desde hace unos cuantos años, no puede más que sentirse interpelado por esa breve frase.

Los tiempos que corren no ayudan demasiado, para qué negarlo. De hecho, no sé por qué no ha muerto más gente a esta altura de la suaré, como debería ocurrir en cualquier tragedia shakesperiana que se precie. Sospecho que Del Cerro se hizo este planteo, y por eso acudió a aquella cita… «tan temprano»[2].

En estos tiempos, fatídicos tiempos de odio y lengüetazos, la muerte se ha ensañado con jubilados, niños y poetas. Del Cerro era decididamente todo eso, por lo que su suerte estaba echada, que es como acaba la suerte cuando se olvida a quién debe servir en realidad.

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, dejó una obra vastísima —mayoritariamente inédita—, un hijo y un trillón de botellas vacías y sedientas. Me corresponde hacer hincapié en lo primero, pues de lo otro ya habrá quien alce la mano, el codo y hasta el hombro, con todo y sacudida. Y lo que tengo que decir de su escritura es que no ha cesado nunca, como el rayo de Hernández antes aludido. Sin ir más lejos, este es el último poema que escribió:

 

 

02/09/2026

 

si en una selva de armas cuelgan niños

si en los ojos rojos del poniente, desmenuza tiestos

la vergüenza del olor a guerra que se obstina

tapar estampidos de metralla en la olla de la cena

el horario del hambre se hará noche cerrada

sobre el pueblo que lo soporte, cuerpo que se dibuje

en un espejo de sangre corrupta sin vengar

y el asedio de injusticia de criminales propios y ajenos

aunque sin duda y esperanza el reloj del escarmiento

timbrará campanas como truenos,

relámpagos de interminable tormenta

sobre las cabezas del latrocinio, porque

no habrá talantes mansos, ni cabildantes manifiestos

solo tanteos exactos al ritmo acelerado de la crispada herida

de aquellos que sin grito ni alboroto

estudian las migajas del asesino si es preciso

antes de asestar los chubascos necesarios

que detengan del tiempo a las bestias del odio

 

Horacio Pérez Del Cerro —el jubilado, el niño, el poeta— ha muerto de bronca a los setenta y seis años, huérfano de patria y de horizontes, y un hueco azul en mi costado lo llora como a un padre,[3] aunque no me brote ni una lágrima, porque, en esta época (ay, días de nadie, rostros de furia), no podemos darnos el lujo de desperdiciar el agua, por más que esta tenga gusto a sal.

 







[1] Véase el comentario introductorio, parentético, del poema «Elegía», de Miguel Hernández, incluido en el libro El rayo que no cesa, poema del cual también extraje los versos que escogí como epígrafe de esta triste entrada.

[2] Véase (y, sobre todo, léase) el poema de Hernández ya citado.

[3] Del Cerro fue un referente importantísimo en mis años de estudiante de Letras y de aspirante a poeta; de hecho, mis primeros tres libros de poesía los publiqué con su sello, Ediciones El Tranvía, casi tan legendario hoy como el autor que, aquí, intento homenajear. En otro de mis blogs me refiero más ampliamente a aquellos años; dejo el enlace para quien quiera leer: Homenaje al «Tábano»

sábado, 12 de septiembre de 2026

Exhortación a la risa lamentable*

 



A Oliverio Girondo

 

 

Reírse de los globos aerostáticos,

de los incendios forestales,

de las indisposiciones de los cuervos y las sombras.

Reírse del dolor intestinal en las cavernas,

de los espeleólogos y los médicos humeantes,

de las piaras de chanchos millonarios

que dicen que muerden los bocados cuando comen,

de los esclavos y los clavos

que se oxidan con las lágrimas y el frío.

Reírse de las farmacias y de los gobiernos de turno,

que se nos deshaga la cara a carcajadas

y que la reinventemos riéndonos de nuevo.

Reírse del plástico, de la madera,

del cóctel de los viernes,

del desayuno que no tomamos porque es martes.

Reírse de las catedrales derruidas,

de los shoppings de verano y lucesitas,

del tedio que sentimos después de descender de un argumento.

Reírse de las focas y los focos,

cagarse de risa,

hasta la diarrea,

hasta el escarnio extremo de la sangre,

hasta la ataraxia y la vendimia.

Desbaratarse las mandíbulas riéndose,

sacrificar a risotadas las promesas,

huir de Dios riéndose del diablo.

«Reírse del cumulonimbo, del satélite,

que nos tragamos bestialmente

por no poder dejar de precipitar sobre la nada,

por no saber detener el avance de la nada».

Reírse en definitiva de uno mismo,

riéndose de todo lo existente,

y quebrarse de un golpe de risa el corazón.




*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).



lunes, 17 de agosto de 2026

Apología del crepúsculo


Contrariamente a lo que dicen las comadres, el crepúsculo es el momento menos peligroso del día, pero sí quizá el más sugestivo.

Si lo pensamos en términos empíricos, este intervalo entre el día y la noche tiene mucho de ventana —cuando no de puerta— a otra zona, a otro rango u otra frecuencia de percepción, lo que lo vuelve especialmente atractivo para poetas, amantes y vampiros. No obstante, estoy seguro de que se trata de algo más sencillo.

La luz solar todavía ilumina en los rincones; con menor fuerza, sí, pero con mayor diversidad cromática. La penumbra, entonces, se asocia con la lánguida luz del exterior en un juego de concesiones y renuncias muy parecido al amor, o aquellas danzas en las que los contrarios se aproximan y se alejan como si la seducción (o la histeria) fuera el único lenguaje permitido. El crepúsculo, en consecuencia, nos atrae por lo mucho que tiene de batalla, por lo mucho que tiene de cortejo.

Sin embargo, para la gran mayoría —confesos espíritus solares, me imagino— el crepúsculo es sinónimo de derrota, como lo demuestran los dioses a los que hacía mención Friedrich Nietzsche, y esa idea parecería ser en sí misma una capitulación. El mérito de lo crepuscular, ya que no podemos hablar abiertamente de éxito, radica en su inestabilidad semántica o, si prefieren, en su indefinición. El adjetivo crepuscular no remite a un significado firme, pero sí connota y convoca muchos significados provisionales o inestables: es, sin ir más lejos, el Matrimonio del cielo y el infierno del que hablaba William Blake.

El crepúsculo comporta el concepto de unión de los opuestos que tan atractivo les resultó a los surrealistas: cielo e infierno, energía y razón, deseo y restricción, luz y sombra, destrucción y amor. Por eso es que nunca quiero que anochezca totalmente y que lo que ocurre en la penumbra se extienda siempre un poco más, aunque el tiempo diurno (que es un burgués) no lo consienta; aunque el tiempo nocturno (que es un gitano) me lleve siempre del cuello a sus dominios.





El humo en la lengua, la lengua en el mundo

 



Un humo difuso asciende entre la niebla, con ella se confunde, imita su reinado. Nada es igual al cuerpo que se esconde detrás de esa muralla de aire y espejismos; un cuerpo altivo que emerge de la nada para en la nada misma dar su sabio salto.

Y uno, que ha visto sombras y en ciegas sombras se ha vestido, no puede ignorar el milagro de ese cuerpo que espera, deseante, detrás del humo o de la niebla. Mi voz procura descifrar el misterio con dulces letanías; la lengua es la materia en la que se esculpen mis hallazgos.

El humo en la lengua, la lengua en el mundo. Ambas variantes dan al mismo tiempo un golpe de elocuencia para que ese cuerpo —silueta o limbo— adquiera en mi prosa su sutil corporeidad.

Pero cuidado, no estoy hablando de poesía. Simplemente… dejo que hable.






Recapitulaciones*



Y después del impacto,

después de glorias y de asombros,

después de escupirle la absurda enagua a la luna dominguera,

¿callar, acaso?,

¿huir, sentir gangrena en las pasiones?

Ya se produjeron las más sangrientas hecatombes,

y cuando abro las canillas de la historia

inundo de mártires estos lúbricos pasillos,

empiezo a ver el desfile de héroes que me aborda.

Ya Vallejo se clavó un filoso Trilce en medio de su vientre;

ya Huidobro se estrelló por todos los mortales voladores

en el inmundo suelo del lenguaje,

alto como un azor en eterna intransigencia;

ya Breton fiscalizó nuestras pesadillas más profundas

prohibiéndolas después como en ensueños,

como encubriendo un crimen indecible

que aun así cometeré.

¿Qué hacer entonces después del redoble de tambores,

después del estrepitoso fin del trapecista?

Enormes fauces devoran espuma y aire en el poniente,

insisten en destruir los escombros destruidos,

naufragar en los naufragios del naufragio,

remoler siempre los mismos remolinos.

Son brujas de toda noche, enloquecidas,

que no recuerdan la primigenia misión encomendada.

Yo camino entre el caos,

entre la árida tierra de ruedas giratorias;

tengo un pedazo de madera

astillada en mi pájara mano domadora,

voy a construir una cabaña.

 



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).

 

Testimonio de un fusilamiento*

 



De repente, como si fuese necesario,

los fusiles descargaron sus plegarias,

humeando quedaron los metales de calientes

y ni siquiera el alivio

de haberlo dicho todo de un disparo,

de haber lanzado una puteada de pólvora a la carne,

pudo aplacar la pesadez del crimen en sus rostros,

que de a poco los iba degradando,

los iba, de a poco, también, recomponiendo.

La muerte ya vendía sus últimos palcos en la calle,

pregonaba a viva voz,

sí, la muerte

que lo destruye todo por descuido,

la displicente, astuta muerte,

pregonaba a viva voz

que los caídos esta vez serán precepto

y morirán de nuevo tantas veces como fuese necesario,

como si de repente no hubiera otro remedio.

No terminaban del todo de caer aquellos cuerpos impactados

por un sistema inescrutable

de absurdos y oficinas,

de pelotones y patíbulos,

que resultó imperiosa

aquella vieja formalidad de sacerdote,

aquella religiosa indulgencia reservada,

de satisfacer todos los horrores existentes

y dejarle a la retina

la ingrata labor de enloquecernos.



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).