Un humo difuso
asciende entre la niebla, con ella se confunde, imita su reinado. Nada es igual
al cuerpo que se esconde detrás de esa muralla de aire y espejismos; un cuerpo
altivo que emerge de la nada para en la nada misma dar su sabio salto.
Y uno, que ha visto sombras y en ciegas sombras se ha
vestido, no puede ignorar el milagro de ese cuerpo que espera, deseante, detrás
del humo o de la niebla. Mi voz procura descifrar el misterio con dulces
letanías; la lengua es la materia en la que se esculpen mis hallazgos.
El humo en la lengua, la lengua en el mundo. Ambas
variantes dan al mismo tiempo un golpe de elocuencia para que ese cuerpo
—silueta o limbo— adquiera en mi prosa su sutil corporeidad.
Pero cuidado, no estoy hablando de poesía.
Simplemente… dejo que hable.

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