Y después del
impacto,
después de glorias
y de asombros,
después de
escupirle la absurda enagua a la luna dominguera,
¿callar, acaso?,
¿huir, sentir
gangrena en las pasiones?
Ya se produjeron
las más sangrientas hecatombes,
y cuando abro las
canillas de la historia
inundo de mártires
estos lúbricos pasillos,
empiezo a ver el
desfile de héroes que me aborda.
Ya Vallejo se
clavó un filoso Trilce en medio de su
vientre;
ya Huidobro se
estrelló por todos los mortales voladores
en el inmundo
suelo del lenguaje,
alto como un azor en
eterna intransigencia;
ya Breton
fiscalizó nuestras pesadillas más profundas
prohibiéndolas
después como en ensueños,
como encubriendo
un crimen indecible
que aun así
cometeré.
¿Qué hacer
entonces después del redoble tambores,
después del
estrepitoso fin del trapecista?
Enormes fauces
devoran espuma y aire en el poniente,
insisten en
destruir los escombros destruidos,
naufragar en los
naufragios del naufragio,
remoler siempre
los mismos remolinos.
Son brujas de toda
noche, enloquecidas,
que no recuerdan
la primigenia misión encomendada.
Yo camino entre el
caos,
entre la árida
tierra de ruedas giratorias;
tengo un pedazo de
madera
astillada en mi
pájara mano domadora,
voy a construir
una cabaña.
*Texto perteneciente
a La gratuidad de la amenaza
(Ediciones El Tranvía, 2001).

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