![]() |
A Oliverio Girondo
Reírse de los globos aerostáticos,
de los incendios forestales,
de las indisposiciones de los cuervos y
las sombras.
Reírse del dolor intestinal en las
cavernas,
de los espeleólogos y los médicos
humeantes,
de las piaras de chanchos millonarios
que dicen que muerden los bocados
cuando comen,
de los esclavos y los clavos
que se oxidan con las lágrimas y el
frío.
Reírse de las farmacias y de los
gobiernos de turno,
que se nos deshaga la cara a carcajadas
y que la reinventemos riéndonos de
nuevo.
Reírse del plástico, de la madera,
del cóctel de los viernes,
del desayuno que no tomamos porque es
martes.
Reírse de las catedrales derruidas,
de los shoppings de verano y lucesitas,
del tedio que sentimos después de
descender de un argumento.
Reírse de las focas y los focos,
cagarse de risa,
hasta la diarrea,
hasta el escarnio extremo de la sangre,
hasta la ataraxia y la vendimia.
Desbaratarse las mandíbulas riéndose,
sacrificar a risotadas las promesas,
huir de Dios riéndose del diablo.
«Reírse del cumulonimbo, del satélite,
que nos tragamos bestialmente
por no poder dejar de precipitar sobre
la nada,
por no saber detener el avance de la nada».
Reírse en definitiva de uno mismo,
riéndose de todo lo existente,
y quebrarse de un golpe de risa el
corazón.
*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).
