lunes, 17 de agosto de 2026

El humo en la lengua, la lengua en el mundo

 



Un humo difuso asciende entre la niebla, con ella se confunde, imita su reinado. Nada es igual al cuerpo que se esconde detrás de esa muralla de aire y espejismos; un cuerpo altivo que emerge de la nada para en la nada misma dar su sabio salto.

Y uno, que ha visto sombras y en ciegas sombras se ha vestido, no puede ignorar el milagro de ese cuerpo que espera, deseante, detrás del humo o de la niebla. Mi voz procura descifrar el misterio con dulces letanías; la lengua es la materia en la que se esculpen mis hallazgos.

El humo en la lengua, la lengua en el mundo. Ambas variantes dan al mismo tiempo un golpe de elocuencia para que ese cuerpo —silueta o limbo— adquiera en mi prosa su sutil corporeidad.

Pero cuidado, no estoy hablando de poesía. Simplemente… dejo que hable.






Recapitulaciones*



Y después del impacto,

después de glorias y de asombros,

después de escupirle la absurda enagua a la luna dominguera,

¿callar, acaso?,

¿huir, sentir gangrena en las pasiones?

Ya se produjeron las más sangrientas hecatombes,

y cuando abro las canillas de la historia

inundo de mártires estos lúbricos pasillos,

empiezo a ver el desfile de héroes que me aborda.

Ya Vallejo se clavó un filoso Trilce en medio de su vientre;

ya Huidobro se estrelló por todos los mortales voladores

en el inmundo suelo del lenguaje,

alto como un azor en eterna intransigencia;

ya Breton fiscalizó nuestras pesadillas más profundas

prohibiéndolas después como en ensueños,

como encubriendo un crimen indecible

que aun así cometeré.

¿Qué hacer entonces después del redoble tambores,

después del estrepitoso fin del trapecista?

Enormes fauces devoran espuma y aire en el poniente,

insisten en destruir los escombros destruidos,

naufragar en los naufragios del naufragio,

remoler siempre los mismos remolinos.

Son brujas de toda noche, enloquecidas,

que no recuerdan la primigenia misión encomendada.

Yo camino entre el caos,

entre la árida tierra de ruedas giratorias;

tengo un pedazo de madera

astillada en mi pájara mano domadora,

voy a construir una cabaña.

 



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).

 

Testimonio de un fusilamiento*

 



De repente, como si fuese necesario,

los fusiles descargaron sus plegarias,

humeando quedaron los metales de calientes

y ni siquiera el alivio

de haberlo dicho todo de un disparo,

de haber lanzado una puteada de pólvora a la carne,

pudo aplacar la pesadez del crimen en sus rostros,

que de a poco los iba degradando,

los iba, de a poco, también, recomponiendo.

La muerte ya vendía sus últimos palcos en la calle,

pregonaba a viva voz,

sí, la muerte

que lo destruye todo por descuido,

la displicente, astuta muerte,

pregonaba a viva voz

que los caídos esta vez serán precepto

y morirán de nuevo tantas veces como fuese necesario,

como si de repente no hubiera otro remedio.

No terminaban del todo de caer aquellos cuerpos impactados

por un sistema inescrutable

de absurdos y oficinas,

de pelotones y patíbulos,

que resultó imperiosa

aquella vieja formalidad de sacerdote,

aquella religiosa indulgencia reservada,

de satisfacer todos los horrores existentes

y dejarle a la retina

la ingrata labor de enloquecernos.



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).


Debajo de las ramas de un olivo



Qué haremos cuando todo arda, cuando el infierno burocrático de un país al rojo vivo nos alcance con su sangre, obligándonos a escondernos bajo el agua de un pantano, agua estancada hace centurias, solo para evitar que nos queme lo que finalmente nos llenará de llagas la piel húmeda, curtida por el moho, oculta en un pozo de gotas purulentas.

Si me lo preguntan, no sabría qué responder. Solo sé que allá, a la distancia, veo un olivo, en cuyas ramas un pájaro insólito se posa, a veces en una, a veces en otra; no hace ruido, únicamente observa, con pompa de general o gerifalte, cómo me acerco a sus dominios.

Debajo de las ramas de un olivo, debajo de las ramas de este olivo, puedo abstraerme unos segundos del infierno circundante. Una calma bíblica me inunda al tomar conciencia de dónde estoy parado. Sin embargo, la ciudad me llama, y no puedo hacer nada para evitar que su solicitud, como una flama o una hostia consagrada, se convierta en aurora una vez que retome mis pasos peregrinos.

Debajo de las ramas de un olivo, una fugaz revelación se ha vuelto pájaro.




 

Poema VI*

 




los toros de mabel

los toros de lucía

los toros de ana laura cristina o de viviana

los toros de un cielo oscurecido por los toros

el toro que emerge de sí mismo

 

los toros evocados

los toros ateridos

los toros de bernarda

los toros de mónica beatriz o los de alicia

los toros que cuelgan de mi cuello

los toros que suben por mis piernas

el toro que es la noche con su único cuerno [carcomido

 

los toros de valeria

los toros de un telar con figuras de toros

con figuras de toros de tela y de durazno

con toros que como una ráfaga asesina

embisten la memoria taurina de los hombres

 

los toros de patricia

los toros de griselda francisca o susanita

los toros que son espuma en un océano de toros

los toros que pescan los toreros

con sus capas y sus pestañas larguísimas

los toros rojos sangre de toro malherido

los toros de maría belén o de fulana

los toros que se embriagan apuñalan y perecen

 

los toros toropintos

los toros torozambos

los toros torostoros

los toros torotumbo

los toros de lorca y aleixandre

los toros engreídos por torearse

los toros que contienen el planeta

los once toros desbocados que dijiste

los doce toros con alas como cruces que olvidaste

los toros de miura y altamira

y todos los que me queden por faenar

y dirimirles sus tristezas de toros abrumados

desde mi más honda desgracia azul y remotísima

olé




*Texto perteneciente al libro Íngrimo e insular (Ediciones el Tranvía, 2005).


Lecciones de urbanismo I*



Estalló tu tormenta, patria de mil reacciones. Te multiplicaste en una legión de querubines alocados, de serafines furiosos, de dominaciones dominantes, de poderosas potestades y de tronos atronadores y estridentes. Estalló tu tormenta, sí, en otoño. Abriste por el cielo el abanico siniestro de tu ofensa, y cantaste, como una incomodidad que canta, como un lodazal que canta, que arde, que blasfema, negando el vacío de 30.000 tumbas impacientes. Estalló tu tormenta, patria amarga.

Cuando el otoño era más apto, cuando el aire ponzoñoso de tu ira tenía cumbres más sumisas por subir, cuando el pueblo alegre ya había caído de su sueño como del árbol fresco de la noche, desplegaste tu aviación de odio, patria negra, y abriste la válvula carmesí de tus mil cánticos. Reivindicaste el mal asumiendo tu condición de espada, sable de sangre cuya empuñadura levanta la barbilla de tu víctima, para descabezarla de inmediato, de una vez y para siempre.

Estalló tu tormenta, el agua estancada de tu odio inyectado en otros odios, la esclusa temible, el mar de tu mirada, tan parecido, ay, patria incoherente, a la locura. Fuiste esa loca, sí, irreprimible, que atraviesa los campos conversando con fantasmas, esa bandera rubia que el odio ha desprendido, ese aliento de muerte, esa violencia tan tuya, heredera de siglos y siglos de violencia, que te sube y te azota, te sacude, te deja estremecida, viniendo como viene del pozo delgado y venenoso de tu origen.

Todo lo que se ha intentado detener, contener, transformar, disimular, todo lo que se ha sometido a frenos y a cofres, a espejos y adjetivos, estalló por fin, como lo harás vos misma prontamente, en la explosión sin fuerza de una plaza, en el temblor perverso y frío de lo débil.

En el cielo epiléptico de abril, desplegaste las aviaciones ciegas de tu odio y, arrasado ya todo, víctima de vos misma, fuiste otra vez nada, te redujiste a tiempo, a simple huida, fuiste solo una voz, un temblor, un reguero, la lejana palabra trenzada de odio y miedo, que se pierde en los campos de la historia como el arroyo venenoso y sangriento de un coro de animales. Una cinta de agua, un hilo de fuego, es decir, apenas un suspiro, es lo que quedará como rastro trasnochado de tu crimen.

 


*Texto perteneciente al libro Elucubraciones de un «flâneur» (Camelot América, 2018).