lunes, 17 de agosto de 2026

Apología del crepúsculo


Contrariamente a lo que dicen las comadres, el crepúsculo es el momento menos peligroso del día, pero sí quizá el más sugestivo.

Si lo pensamos en términos empíricos, este intervalo entre el día y la noche tiene mucho de ventana —cuando no de puerta— a otra zona, a otro rango u otra frecuencia de percepción, lo que lo vuelve especialmente atractivo para poetas, amantes y vampiros. No obstante, estoy seguro de que se trata de algo más sencillo.

La luz solar todavía ilumina en los rincones; con menor fuerza, sí, pero con mayor diversidad cromática. La penumbra, entonces, se asocia con la lánguida luz del exterior en un juego de concesiones y renuncias muy parecido al amor, o aquellas danzas en las que los contrarios se aproximan y se alejan como si la seducción (o la histeria) fuera el único lenguaje permitido. El crepúsculo, en consecuencia, nos atrae por lo mucho que tiene de batalla, por lo mucho que tiene de cortejo.

Sin embargo, para la gran mayoría —confesos espíritus solares, me imagino— el crepúsculo es sinónimo de derrota, como lo demuestran los dioses a los que hacía mención Friedrich Nietzsche, y esa idea parecería ser en sí misma una capitulación. El mérito de lo crepuscular, ya que no podemos hablar abiertamente de éxito, radica en su inestabilidad semántica o, si prefieren, en su indefinición. El adjetivo crepuscular no remite a un significado firme, pero sí connota y convoca muchos significados provisionales o inestables: es, sin ir más lejos, el Matrimonio del cielo y el infierno del que hablaba William Blake.

El crepúsculo comporta el concepto de unión de los opuestos que tan atractivo les resultó a los surrealistas: cielo e infierno, energía y razón, deseo y restricción, luz y sombra, destrucción y amor. Por eso es que nunca quiero que anochezca totalmente y que lo que ocurre en la penumbra se extienda siempre un poco más, aunque el tiempo diurno (que es un burgués) no lo consienta; aunque el tiempo nocturno (que es un gitano) me lleve siempre del cuello a sus dominios.





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