viernes, 18 de septiembre de 2026

En estos tiempos, la muerte...

 



Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.
 

Miguel Hernández

 

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, ha muerto en su ley, «como el rayo»[1]. Me llamó antes de que lo internaran para pedirme que sus amigos más cercanos no olvidáramos su obra, que es la forma que tienen quienes se han entregado por completo a la escritura de decirnos que no los olvidemos. En el hospital duró solo dos semanas; la muerte lo estaba esperando de antemano, y el poeta acudió puntualmente a la cita, aunque no le llevó flores, sino un ramillete de EPOC y erisipela.

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, ha muerto a los setenta y seis años, esperando «beckettianamente» una primavera que nunca le llegó, presa su alma de furor y gloria, una gloria absurda de tabaco y whisky pobre, una gloria cincelada a fuerza de memoria e inviernos de fuego disipado.

«Como el rayo», dije, que es la forma con la que Miguel Hernández aludió a la muerte de Sijé; y uno, que viene coleccionando raudas elegías desde hace unos cuantos años, no puede más que sentirse interpelado por esa breve frase.

Los tiempos que corren no ayudan demasiado, para qué negarlo. De hecho, no sé por qué no ha muerto más gente a esta altura de la suaré, como debería ocurrir en cualquier tragedia shakesperiana que se precie. Sospecho que Del Cerro se hizo este planteo, y por eso acudió a aquella cita… «tan temprano»[2].

En estos tiempos, fatídicos tiempos de odio y lengüetazos, la muerte se ha ensañado con jubilados, niños y poetas. Del Cerro era decididamente todo eso, por lo que su suerte estaba echada, que es como acaba la suerte cuando se olvida a quién debe servir en realidad.

Horacio Pérez del Cerro, el poeta, dejó una obra vastísima —mayoritariamente inédita—, un hijo y un trillón de botellas vacías y sedientas. Me corresponde hacer hincapié en lo primero, pues de lo otro ya habrá quien alce la mano, el codo y hasta el hombro, con todo y sacudida. Y lo que tengo que decir de su escritura es que no ha cesado nunca, como el rayo de Hernández antes aludido. Sin ir más lejos, este es el último poema que escribió:

 

 

02/09/2026

 

si en una selva de armas cuelgan niños

si en los ojos rojos del poniente, desmenuza tiestos

la vergüenza del olor a guerra que se obstina

tapar estampidos de metralla en la olla de la cena

el horario del hambre se hará noche cerrada

sobre el pueblo que lo soporte, cuerpo que se dibuje

en un espejo de sangre corrupta sin vengar

y el asedio de injusticia de criminales propios y ajenos

aunque sin duda y esperanza el reloj del escarmiento

timbrará campanas como truenos,

relámpagos de interminable tormenta

sobre las cabezas del latrocinio, porque

no habrá talantes mansos, ni cabildantes manifiestos

solo tanteos exactos al ritmo acelerado de la crispada herida

de aquellos que sin grito ni alboroto

estudian las migajas del asesino si es preciso

antes de asestar los chubascos necesarios

que detengan del tiempo a las bestias del odio

 

Horacio Pérez Del Cerro —el jubilado, el niño, el poeta— ha muerto de bronca a los setenta y seis años, huérfano de patria y de horizontes, y un hueco azul en mi costado lo llora como a un padre,[3] aunque no me brote ni una lágrima, porque, en esta época (ay, días de nadie, rostros de furia), no podemos darnos el lujo de desperdiciar el agua, por más que esta tenga gusto a sal.

 







[1] Véase el comentario introductorio, parentético, del poema «Elegía», de Miguel Hernández, incluido en el libro El rayo que no cesa, poema del cual también extraje los versos que escogí como epígrafe de esta triste entrada.

[2] Véase (y, sobre todo, léase) el poema de Hernández ya citado.

[3] Del Cerro fue un referente importantísimo en mis años de estudiante de Letras y de aspirante a poeta; de hecho, mis primeros tres libros de poesía los publiqué con su sello, Ediciones El Tranvía, casi tan legendario hoy como el autor que, aquí, intento homenajear. En otro de mis blogs me refiero más ampliamente a aquellos años; dejo el enlace para quien quiera leer: Homenaje al «Tábano»

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