Qué haremos
cuando todo arda, cuando el infierno burocrático de un país al rojo vivo nos
alcance con su sangre, obligándonos a escondernos bajo el agua de un pantano,
agua estancada hace centurias, solo para evitar que nos queme lo que finalmente
nos llenará de llagas la piel húmeda, curtida por el moho, oculta en un pozo de
gotas purulentas.
Si me lo preguntan, no sabría qué responder. Solo sé
que allá, a la distancia, veo un olivo, en cuyas ramas un pájaro insólito se
posa, a veces en una, a veces en otra; no hace ruido, únicamente observa, con
pompa de general o gerifalte, cómo me acerco a sus dominios.
Debajo de las ramas de un olivo, debajo de las ramas de
este olivo, puedo abstraerme unos segundos del infierno circundante. Una calma
bíblica me inunda al tomar conciencia de dónde estoy parado. Sin embargo, la
ciudad me llama, y no puedo hacer nada para evitar que su solicitud, como una
flama o una hostia consagrada, se convierta en aurora una vez que retome mis
pasos peregrinos.
Debajo de las ramas de un olivo, una fugaz revelación
se ha vuelto pájaro.

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