De repente, como
si fuese necesario,
los fusiles
descargaron sus plegarias,
humeando quedaron
los metales de calientes
y ni siquiera el
alivio
de haberlo dicho
todo de un disparo,
de haber lanzado
una puteada de pólvora a la carne,
pudo aplacar la
pesadez del crimen en sus rostros,
que de a poco los
iba degradando,
los iba, de a
poco, también, recomponiendo.
La muerte ya
vendía sus últimos palcos en la calle,
pregonaba a viva
voz,
sí, la muerte
que lo destruye
todo por descuido,
la displicente,
astuta muerte,
pregonaba a viva
voz
que los caídos
esta vez serán precepto
y morirán de nuevo
tantas veces como fuese necesario,
como si de repente
no hubiera otro remedio.
No terminaban del
todo de caer aquellos cuerpos impactados
por un sistema
inescrutable
de absurdos y
oficinas,
de pelotones y
patíbulos,
que resultó
imperiosa
aquella vieja
formalidad de sacerdote,
aquella religiosa
indulgencia reservada,
de satisfacer
todos los horrores existentes
y dejarle a la
retina
la ingrata labor
de enloquecernos.
*Texto perteneciente
a La gratuidad de la amenaza
(Ediciones El Tranvía, 2001).

No hay comentarios.:
Publicar un comentario