lunes, 17 de agosto de 2026

Testimonio de un fusilamiento*

 



De repente, como si fuese necesario,

los fusiles descargaron sus plegarias,

humeando quedaron los metales de calientes

y ni siquiera el alivio

de haberlo dicho todo de un disparo,

de haber lanzado una puteada de pólvora a la carne,

pudo aplacar la pesadez del crimen en sus rostros,

que de a poco los iba degradando,

los iba, de a poco, también, recomponiendo.

La muerte ya vendía sus últimos palcos en la calle,

pregonaba a viva voz,

sí, la muerte

que lo destruye todo por descuido,

la displicente, astuta muerte,

pregonaba a viva voz

que los caídos esta vez serán precepto

y morirán de nuevo tantas veces como fuese necesario,

como si de repente no hubiera otro remedio.

No terminaban del todo de caer aquellos cuerpos impactados

por un sistema inescrutable

de absurdos y oficinas,

de pelotones y patíbulos,

que resultó imperiosa

aquella vieja formalidad de sacerdote,

aquella religiosa indulgencia reservada,

de satisfacer todos los horrores existentes

y dejarle a la retina

la ingrata labor de enloquecernos.



*Texto perteneciente a La gratuidad de la amenaza (Ediciones El Tranvía, 2001).


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