Estalló tu tormenta, patria de
mil reacciones. Te multiplicaste en una legión de querubines alocados, de
serafines furiosos, de dominaciones dominantes, de poderosas potestades y de
tronos atronadores y estridentes. Estalló tu tormenta, sí, en otoño. Abriste
por el cielo el abanico siniestro de tu ofensa, y cantaste, como una
incomodidad que canta, como un lodazal que canta, que arde, que blasfema,
negando el vacío de 30.000 tumbas impacientes. Estalló tu tormenta, patria
amarga.
Cuando el otoño era
más apto, cuando el aire ponzoñoso de tu ira tenía cumbres más sumisas por
subir, cuando el pueblo alegre ya había caído de su sueño como del árbol fresco
de la noche, desplegaste tu aviación de odio, patria negra, y abriste la válvula
carmesí de tus mil cánticos. Reivindicaste el mal asumiendo tu condición de
espada, sable de sangre cuya empuñadura levanta la barbilla de tu víctima, para
descabezarla de inmediato, de una vez y para siempre.
Estalló tu tormenta,
el agua estancada de tu odio inyectado en otros odios, la esclusa temible, el
mar de tu mirada, tan parecido, ay, patria incoherente, a la locura. Fuiste esa
loca, sí, irreprimible, que atraviesa los campos conversando con fantasmas, esa
bandera rubia que el odio ha desprendido, ese aliento de muerte, esa violencia
tan tuya, heredera de siglos y siglos de violencia, que te sube y te azota, te
sacude, te deja estremecida, viniendo como viene del pozo delgado y venenoso de
tu origen.
Todo lo que se ha
intentado detener, contener, transformar, disimular, todo lo que se ha sometido
a frenos y a cofres, a espejos y adjetivos, estalló por fin, como lo harás vos
misma prontamente, en la explosión sin fuerza de una plaza, en el temblor
perverso y frío de lo débil.
En el cielo epiléptico
de abril, desplegaste las aviaciones ciegas de tu odio y, arrasado ya todo,
víctima de vos misma, fuiste otra vez nada, te redujiste a tiempo, a simple
huida, fuiste solo una voz, un temblor, un reguero, la lejana palabra trenzada
de odio y miedo, que se pierde en los campos de la historia como el arroyo
venenoso y sangriento de un coro de animales. Una cinta de agua, un hilo de
fuego, es decir, apenas un suspiro, es lo que quedará como rastro trasnochado
de tu crimen.
*Texto
perteneciente al libro Elucubraciones de
un «flâneur» (Camelot América, 2018).

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