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| Fantasía onírica con jirafa y caniches, por Veronique |
Las señoras
respetables de Belgrano, esas que salen por las tardes —absurdas, displicentes—
a pasear sus caniches y prejuicios, como si fueran las pastoras de un rebaño incoherente
que nunca pasa de dos o tres ovejas, se lanzan a las calles para colar el cielo
por sus hombros, hombros que casi siempre están a la intemperie, como esas
otras mujeres, acaso menos respetables según un criterio extendidísimo, esas que
yacen en el suelo —mustias, olvidadas—, exponiendo
sus miserias, que es la miseria de todos los que no nos cruzamos de vereda
cuando la tarde (una de ellas, una de tantas) se agrieta o se desgaja en los ataviados
confines de la noche.
«¿Y qué?», me preguntará usted, joven lector de iPod en la mano, joven
purísimo, con esa mirada nacarada y ese gesto esculpido a fuerza de veintiún
siglos de estulticia.
¿Y qué? Pues nada, solo decía. Y, ya que estoy, agrego: las jirafas no
existen; son solo ciervos que Modigliani imaginó en una piyamada, aunque no se
sabe a ciencia cierta de quién era el piyama; la mayoría cree que era del pintor;
yo sospecho que era de alguno de los ciervos. Pero, claro, usted era muy chico
cuando sucedió esto que le cuento, así que excuse, tengo que alcanzar a esas
señoras: una de ellas dejó caer un hueso de jirafa de su bolso.

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