A Ceniza, que fuera lazarillo
de este ciego caminante.
El perro ha muerto.
Luego de agonizar durante un día,
abandonó la triste carne que lo ataba:
tenía el vientre inmenso como un mundo, las piernas
[rígidas,
y el horror en la mirada de no entender muy bien lo
que
[pasaba.
No aulló el perro ni la luna;
todo fue silencio en sus caderas,
en sus patitas frías;
todo fue memoria en esta casa,
un ladrido de náuseas y un desvelo,
la partida de un pedazo de mi vida.
El perro ha muerto.
Escuchen cómo lo lloran los tranvías,
los árboles ahuecados y las flores,
que saben que los tranvías ya no existen,
como no existirá ya nunca más el viejo perro
ni la paz ni el hogar que de él venían.
El perro ha muerto, entérense.
Dónde está Francisco Asís para asistirme,
qué bozal de furias, qué correa, le debo poner al
corazón
para que no se me desbande ni me niegue,
para que yo deje de escuchar los resoplidos
de mi hermano lobo en esta tarde de bravezas.
El perro ha muerto.
Una fábula de tules queda escrita en algún
libro,
algún milagro de panes y de peces,
y su nombre, por demás multiplicado,
esperando que lo busque
en un demencial tanatorio para bichos.
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