lunes, 17 de agosto de 2026

Poema VI*

 




los toros de mabel

los toros de lucía

los toros de ana laura cristina o de viviana

los toros de un cielo oscurecido por los toros

el toro que emerge de sí mismo

 

los toros evocados

los toros ateridos

los toros de bernarda

los toros de mónica beatriz o los de alicia

los toros que cuelgan de mi cuello

los toros que suben por mis piernas

el toro que es la noche con su único cuerno carcomido

 

los toros de valeria

los toros de un telar con figuras de toros

con figuras de toros de tela y de durazno

con toros que como una ráfaga asesina

embisten la memoria taurina de los hombres

 

los toros de patricia

los toros de griselda francisca o susanita

los toros que son espuma en un océano de toros

los toros que pescan los toreros

con sus capas y sus pestañas larguísimas

los toros rojos sangre de toro malherido

los toros de maría belén o de fulana

los toros que se embriagan apuñalan y perecen

 

los toros toropintos

los toros torozambos

los toros torostoros

los toros torotumbo

los toros de lorca y aleixandre

los toros engreídos por torearse

los toros que contienen el planeta

los once toros desbocados que dijiste

los doce toros con alas como cruces que olvidaste

los toros de miura y altamira

y todos los que me queden por faenar

y dirimirles sus tristezas de toros abrumados

desde mi más honda desgracia azul y remotísima

olé




*Texto perteneciente al libro Íngrimo e insular (Ediciones el Tranvía, 2005).


Lecciones de urbanismo I*



Estalló tu tormenta, patria de mil reacciones. Te multiplicaste en una legión de querubines alocados, de serafines furiosos, de dominaciones dominantes, de poderosas potestades y de tronos atronadores y estridentes. Estalló tu tormenta, sí, en otoño. Abriste por el cielo el abanico siniestro de tu ofensa, y cantaste, como una incomodidad que canta, como un lodazal que canta, que arde, que blasfema, negando el vacío de 30.000 tumbas impacientes. Estalló tu tormenta, patria amarga.

Cuando el otoño era más apto, cuando el aire ponzoñoso de tu ira tenía cumbres más sumisas por subir, cuando el pueblo alegre ya había caído de su sueño como del árbol fresco de la noche, desplegaste tu aviación de odio, patria negra, y abriste la válvula carmesí de tus mil cánticos. Reivindicaste el mal asumiendo tu condición de espada, sable de sangre cuya empuñadura levanta la barbilla de tu víctima, para descabezarla de inmediato, de una vez y para siempre.

Estalló tu tormenta, el agua estancada de tu odio inyectado en otros odios, la esclusa temible, el mar de tu mirada, tan parecido, ay, patria incoherente, a la locura. Fuiste esa loca, sí, irreprimible, que atraviesa los campos conversando con fantasmas, esa bandera rubia que el odio ha desprendido, ese aliento de muerte, esa violencia tan tuya, heredera de siglos y siglos de violencia, que te sube y te azota, te sacude, te deja estremecida, viniendo como viene del pozo delgado y venenoso de tu origen.

Todo lo que se ha intentado detener, contener, transformar, disimular, todo lo que se ha sometido a frenos y a cofres, a espejos y adjetivos, estalló por fin, como lo harás vos misma prontamente, en la explosión sin fuerza de una plaza, en el temblor perverso y frío de lo débil.

En el cielo epiléptico de abril, desplegaste las aviaciones ciegas de tu odio y, arrasado ya todo, víctima de vos misma, fuiste otra vez nada, te redujiste a tiempo, a simple huida, fuiste solo una voz, un temblor, un reguero, la lejana palabra trenzada de odio y miedo, que se pierde en los campos de la historia como el arroyo venenoso y sangriento de un coro de animales. Una cinta de agua, un hilo de fuego, es decir, apenas un suspiro, es lo que quedará como rastro trasnochado de tu crimen.

 


*Texto perteneciente al libro Elucubraciones de un «flâneur» (Camelot América, 2018).